UN FUTURO PARA LAS NIÑAS DE HOY

UN FUTURO PARA LAS NIÑAS DE HOY

1351 (1)

En la década de 1950, cuando empecé la escuela, las niñas eran educadas para complacer, tener hijos, y verse bonitas. La única vía de crecimiento disponible para el género femenino era una “buena” educación académica. Pero, ofrecía una libertad dudosa. El método por repetición había quedado atrás una década antes, pero no su mentalidad. Se hacía hincapié en el aprendizaje y la información, mientras que la comprensión y la sensibilidad se dejaban al azar o a la imaginación. El acostumbrado instinto de supervivencia femenina mantenía a las mujeres reprimidas y neuróticas, mientras que en el exterior se moldeaba cuidadosamente una apariencia de libertad aceptable.

En 1965 recibí mi título universitario (“Ivy League”) y un año más tarde la maestría. En lugar de concederme la libertad, mi desarrollo intelectual sólo aumentó un sentido de alienación. El clima agresivo de la política, el racismo, el asalto constante a los sentidos, la campaña por la liberación feminista, y otros movimientos, disimulaban y exacerbaban en igual medida las complejidades, centrándose casi exclusivamente en el comportamiento y el alivio superficial de las tensiones. La opresión y la violencia, los regímenes militares desenfrenados, las revoluciones izquierdistas y el elevando número de muertes en nombre de los derechos humanos definieron el panorama. Eran los finales de los años 60 y mediados de los 70, pero lo mismo se podría decir de hoy bajo otro nombre, el terrorismo.

Al pertenecer a una élite de mi género, podía debatir todo lo que quería, pero esencialmente no tenía más remedio que medirme a mí misma y a mis 95bef33a1e041d03a603359806b8fb54 (1)posibilidades en la misma escala que los hombres. La psicología, que también estudié, resultaba tan ineficiente como ahora, tratando de alcanzar el estatus de una ciencia física verificable, ignorando las fuerzas internas de la conciencia. En ninguna parte había una validación del espectro de posibilidades femeninas más allá de servir al status quo. Torpemente, se me pidió adaptarme a los valores existentes y de alguna manera creer que era libre. Tenía que asumir una postura intelectual mientras soportaba calladamente la vorágine de sentimientos contradictorios que se producían dentro de mí. Serenamente, con sofisticación, sin pisarle los pies a nadie.

Nada ha cambiado mucho. El mundo entonces como ahora no tenía comprensión de las mujeres y menos aún del tipo de contribución profunda que podemos aportar para el cambio. Había algo más allá de lo que etiquetamos emocional dentro de los sentimientos y las sensibilidades que no podía ignorar. No podía pasar por alto la múltiple gama de percepciones que abren capas de comprensión. Yo era un secreto para mí misma, que no podía compartir con nadie, ni siquiera con las mujeres que persistente y desesperadamente buscaban tratamiento especial o anonimato, aferrándose a los escasos privilegios de una superficialidad femenina aceptable. Sólo tenían éxito los más robustos, agresivos, insensibles, orientados al objetivo y sin emoción. Una y otra vez me confirmaba que no importando lo inteligente que fuera, no podía ser “normal”. Al principio pensé que era una inadecuación mía, luego lo atribuí a mi temperamento latino emocionalmente cargado, y finalmente me di cuenta, muchos años después, que no tenía nada que ver conmigo sino con una feminidad socialmente incómoda que no tenía lugar en ese mundo.

A las mujeres “inteligentes” no se les permitía expresar sentimientos, hablar de intuición o cambiar de perspectiva en asuntos sobre la calidad y la ética humana, excepto dentro de un marco mental y reglas establecidas. Salir de la norma, inyectar un tono emocional en una discusión, o ir más allá de las ideas claramente polarizadas de la época llamaría la atención, lo cual difícil para mi de manejar o de entender. El vacío que sentía tenía que ver con la ausencia de correspondencia, reciprocidad y valores humanos compartidos.

Siguiendo la batuta de los Beatles, me dirigí como una saeta a la India y la espiritualidad, el único camino abierto para mí en aquel momento. Pasarían veinte años más antes de que pudiera ponerle una etiqueta a mi dolencia: ser mujer. Temía y así mismo amaba todo lo clamaba y añoraba la mujer dentro de mi.

 

Las niñas que maduran y se hacen mujer no son como dice el dicho “lindas, dulces y suavecitas”. A cualquier edad, somos peligrosas para el status quo. Incorporamos y tocamos intensamente las sensibilidades. Vemos y distinguimos la verdad de la mentira. En lugar de la comodidad que hemos sido programados para asegurar, somos una fuente de incomodidad para toda superficialidad y conveniencia. En última instancia, no podemos estar controladas por definiciones que apenas disfrazan el hedonismo masculino que perpetuamente programa, enciende y sostiene el sexismo.

Las niñas aprenden a manejar los mismos elementos que los muchachos con quizás los mismos resultados, pero no emplean elementos de la misma manera, ni siguen el mismo proceso. Como resultado de los estándares educativos globales, se nos enseña la razón en la misma altura que los modelos masculinos. Nuestra inteligencia es tan incisiva y concluyente como ellos, pero nuestra percepción capta diferentes matices y sigue otros ángulos. El proceso femenino es cualitativo. No hay parámetros externos para comprobar el tipo de percepción que una mujer es capaz de tener.

El cuerpo femenino está diseñado para ofrecer un máximo de receptividad y respuesta, lleno de cavidades y superficies redondas. La sensibilidad, incluyendo la sensación orgásmica, se extiende por todo el cuerpo externa e internamente a través de conductos que activan múltiples respuestas. Lo que una mujer vive y siente no puede ser entendido mentalmente o experimentado por los hombres.

Construida para detectar y proyectar emociones, inyectar calidad y fuerza en el medio ambiente, una mujer vive en receptividad y reciprocidad agudamente intensas. Ella siempre está incómoda con sus percepciones, no importa cuán inteligente o intelectualmente adaptada esté. Se la debe ayudar a entender y dominar esto. Una mujer sabe. Dada la oportunidad, ella sabe que sabe, incluso más allá de la conveniencia personal. Pero hay una condición fundamental que determina el desarrollo de este conocimiento: una mujer debe ser libre de seguir su propio modo de percibir y llegar a una evaluación. Esto significa que ella debe ser respetada por su diferencia, no meramente tolerada, o convenientemente imitada, aplacada y tratada con condescendencia. Este reconocimiento debe provenir de un lugar de sensibilidad en los hombres y también en aquellas mujeres que todavía se aferran a modelos masculinos autoritarios. Más allá de la intuición, la sensibilidad de una mujer es mucho más que destellos de sabor emocional que saltan a la vista. Es un conocimiento holístico que involucra el cuerpo, la mente y la emoción, más allá del tiempo y el espacio, vinculándose con la inteligencia no verbal en todas partes.

El cuerpo humano, al igual que la mente, se puede entrenar a hacer cualquier cosa. Sin embargo, la calidad subyacente que emite un cuerpo femenino produce un efecto cualitativamente distinto sobre la mente y las emociones de la vida a su alrededor. Va más allá de la excitación sexual que ha sido explotada durante milenios. Las mujeres soportan tremendas intensidades y gestan mucho más que solo bebés. Somos expertas en intensidades y debemos ser formadas para reconocer y usar esta habilidad apropiadamente. Incorporamos todas las virtudes de la belleza, no sólo físicamente, sino también moralmente.

En nuestra era, se exige un tremendo control mental de ambos sexos. El cuerpo está cincelado junto con la mente. La imagen en la moda como en atletismo, subraya los parámetros sexuales y estéticos masculinos: músculos, caderas estrechas y pechos pequeños, estimulación superficial y reflejo rápido. La tendencia hacia un mayor control de la forma natural favorece la esbeltez, la velocidad, la agilidad y la respuesta selectiva. Sólo podemos conjeturar lo que sucede con el subconsciente de las mujeres que tienen curvas, vientre y pechos. No hay necesidad de más control externo cuando la sociedad ya domina la mente femenina. El sentimiento de inadecuación profundamente arraigado en la psique de una mujer es tan fuerte hoy como siempre.

Si miramos de cerca, notamos, curiosamente, que una notable alteración de género está sucediendo. No hay polaridad. La igualdad, que sugiere algo sin diferenciación, está revelando una uniformidad sub-estándar que promueve una progresiva pérdida de profundidad y aumento de la artificialidad. Esto obstaculiza gravemente la creatividad.

Mientras que la inteligencia emocional es fácil para las mujeres, la mente es otra cosa. Se desentraña a través de sinuosas sinapsis ocultas que sugieren una respuesta que nunca es clara ni precisa. No es categórica. Los hombres dicen que las mujeres somos criaturas irracionales, denigrando un proceso que no pueden entender. A una mujer se la juzga constantemente. Demasiado emotiva, excesivamente dramática, de sensualidad incómoda, manipuladora, intelectualmente difusa, masculina, agresiva, dominante … son sólo algunas de las etiquetas con las que tiene que lidiar. Cuando una niña se le enseña que debe controlar sus emociones sin una comprensión cualitativa del propósito que sirven, la sociedad está limitando su propia productividad. Las mujeres son “personales” y nunca puede haber demasiado de “el toque personal” en la vida.

 

La igualdad debe reflejar la “oportunidad” en vez de definir una norma. Las mujeres jóvenes equipadas académicamente aún salen al mundo sin tener idea de cómo funcionan, plagadas de emociones contradictorias y sensaciones que sólo se pronuncian más, en contraste con su educación. No existe un sistema de apoyo social para la sensibilidad. Los padres son incapaces de enseñar lo que no entienden. Nuestro sistema educativo continúa centrándose en la percepción lineal y el valor superficial, en el tiempo y el espacio, y sobre todo en la logística utilitaria. Para la mayoría, la espiritualidad parece referirse a un mundo alejado de la realidad – lidiando con “cosas raras” e impráctico. Nunca antes había tanta necesidad de que una mujer aprendiera sobre sí misma, cómo piensa, entiende y se comunica.

Más que un privilegio especial, la libertad implica ser capaz de ser normal y, sin embargo, diferente y genuino. En lugar de humillarlas y ridiculizarlas, las niñas deben ser alentadas a razonar tanto como a sentir, desarrollando sensibilidad y discernimiento. En la antigüedad la mujer, a partir de la niñez, era el tesoro del templo, la sacerdotisa y el oráculo, la madre, el apoyo de la familia y de la estructura mundial, y la inspiración para los hombres. Hoy no debería ser menos. Debemos crear espacio para la inteligencia femenina y la sensibilidad. Esto tiene más que ver con la espontaneidad auténtica que con el tipo de simulación y artificio mental que me enseñaron hace tantas décadas.

A menos que la humanidad se dé cuenta de que hay una diferencia en la percepción y la sensibilidad de género, no podremos proporcionar a la generación futura las herramientas que necesita para construir un mundo mejor. Esto implica el tipo de instrucción que ofrecemos en casa y en las escuelas. En un mundo mejor, los adultos reconocerían que ser padres comienza por una profunda conciencia de sí mismo. La educación implicaría no sólo distinguir los estilos psicológicos y sociales de aprendizaje para construir referencias mentales, sino que debería enfatizar la percepción misma. Podría muy bien destacar los puntos finos, las sutilezas en la transmisión y el proceso de iluminación y despertar a la comprensión y el conocimiento, para ambos sexos. Esto trasciende el concepto nebuloso que tenemos de la espiritualidad y fortalecería el fundamento que sólo las mujeres son capaces de proporcionar. Una civilización sana, inteligente, humanitaria y espiritual es tan eficaz como sus mujeres.

Nunca quise definir o ser definida. Quería liderar con mi corazón y alma en una civilización que anhelaba estuviera llena de líderes igualmente sensibles. Me hubiera encantado que alguien me hubiera ayudado a desarrollar mi diferencia. Habría acogido con satisfacción el descubrimiento del Principio Femenino, explorando las formas en que funciona a través de mí. Sin embargo, en las últimas décadas las mujeres han “progresado”. Ahora se nos permite pensar, trabajar, actuar como, e incluso participar en el ejército, desarrollando músculo con los hombres, todo en nombre de la igualdad. No ha cambiado tanto como a la gente le parece. Demasiadas mujeres hoy se sienten como yo me sentía hace cincuenta años.

Las niñas no necesitan ambientes color de rosa, ni concentrarse en la gimnasia mental y física. Se merecen mucho más.

Norman Rockwell

 

One thought on “UN FUTURO PARA LAS NIÑAS DE HOY

  1. Mª Victoria Mestre Martínez

    Interesante artículo. Estoy de acuerdo en todo. Pero tengo continuamente la sensación de revanchismo, de dejar a un lado al hombre, que por su parte transmite bastante desconcierto respecto a su lugar en este nuevo movimiento reivindicativo femenino (más que feminista).
    Y no creo que esa sea la dirección. Formamos parte de un todo, y nos necesitamos, nos complementamos. Más allá de estereotipos y dominaciones.
    Gracias, un saludo

    MV Mestre

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscribirme a La Mujer Interior

Mantente informado de las novedades del blog por email