SER AMABLE

 

SER AMABLE

El instinto nos lleva a sobrevivir bajo cualquier circunstancia, generando gran creatividad que se expresa en patrones que componen nuestra identidad y comportamiento. Nuestra personalidad es un monumento al tipo de presiones sociales que nos han formado, familia, amigos, colegas, espíritu del momento, y reflejan una tipología. Cada individuo invariablemente pertenece a un tipo, y cada generación reproduce la misma variedad una y otra vez. No hay nada original o único con respecto a la personalidad.

Construimos fachadas, algunas más atractivas que otras, pero cada una forjada en la adaptación, una serie de mecanismos que aseguran la reciprocidad humana, protegiéndonos del aislamiento y la soledad. Aún así, las máscaras de comportamiento son a costa del contacto con el alma y albergan características, inconsciencia, enojo y miedo desagradables aunque a menudo veladas. De alguna manera también, algunas hermosas características del alma logran brotar a la superficie de vez en cuando. Sin embargo, si escarbamos la superficie, no es difícil descubrir los defectos del egoísmo.

Existe un tipo de patrón de identidad que gana el concurso de popularidad y logra evadir las críticas. A todos les gusta una persona amable. Nadie quiere sentirse incómodo y la persona agradable refuerza la moral de todos, siempre alegre y optimista, cuidadosa, paciente y sobre todo moderada. Sin lugar a dudas, hay algunas personas auténticamente agradables en el mundo y, de hecho, son una bendición. Pero, la mayor parte son irremediablemente, si no intencionalmente, falsas. Es una modalidad de supervivencia, tan desesperada y tan fija como cualquier otra. Siempre dependerá de dónde provenga la “bondad”.

En todos los idiomas del mundo, el término “amable” implica cortesía y buenos modales. En español, ser amable se traduce en “bien educado”, a menudo denominado “buenito”. Tal persona se desvive por no incomodar o ser molestado. Su motivación en la vida es encajar, ser querida, aprobada y necesitada a la vez que ser correspondida y valorada adecuadamente. De hecho, es el nexo de una buena administración de negocios, invirtiendo, vendiendo, comprando y manipulando las fachadas de otras personas. Sus adeptos se destacan en administración emocional.

Las personas que necesitan ser poderosos y estar apuntaladas constantemente mantienen a las personas agradables funcionando y hacen que éstas se sientan indispensables y virtuosas, especialmente en las relaciones que involucran la administración del poder. No hay mejor tipología para saber dónde yace el poder y qué se necesita para tenerlo. De hecho, mejor que nadie, saben todo al respecto.

Pero nadie nace “amable”. Se requiere una audiencia y sustentación. Conlleva un gran esfuerzo y habilidad, manejar energías, estrategias, posibilidades y niveles de comunicación, comenzando con el malabarismo de los propios atributos. Requiere un gran control para saber cómo quedarse en la superficie, evadir, distraer, inyectar humor y desviar la atención. Los buenos actores saben cuánto esfuerzo se necesita para parecer relajado, tranquilo, agradable, disponible y afectuoso. No puede decirse que es “natural”.

Ser amable con alguien triste implica hacer todo para calmarlo con palabras, gestos y contacto físico. Con alguien que está enojado, se necesita simulación, humor y una estrategia definida. Sin embargo, frente al miedo, la injusticia, la violencia o la necesidad, una persona amable, sin importar cuán interiormente pueda estar agitada, tiende a apartar la mirada. Desaparecer. Dios, o la situación misma se encargará de lidiar con eso; en el mejor de los casos, otro se ocupará. Al mínimo riesgo de tener que usar tácticas que puedan considerarse violentas, la persona agradable se retracta. Porque una persona amable evita todo tipo de confrontación y sucumbe a la cobardía. La depresión es preferible a la acción.

El factor redentor es que la amabilidad equivale a la bondad y al auto sacrificio, y esta persona contiene grandes dosis de ambos. En el pasado, mamá, papá, la escuela, la iglesia o la hermana mayor, constantemente reforzaban la creencia de que la buena conducta conduce a ser amado y que de no ser así no seríamos respetados. No serlo significaría rechazo y aislamiento. Mientras que los tipos rebeldes o provocadores van exactamente en la dirección opuesta para llamar la atención, para la persona amable un paso en falso sugiere peligro, privación de elogios y soledad. Es preferible mantener el control, practicar la benevolencia, realizar actos de caridad y cumplir interminables obligaciones sociales.

Hay un tremendo orgullo involucrado. Una persona amable se siente sutilmente justificada, validada, ya que nadie está en desacuerdo con la idea de delicadamente preservar las formas y practicar diplomacia. Para que una persona agradable sea innovadora y líder, debe ser manipuladora y especialmente hábil, sobresalir en subterfugios para obtener lo que quiere y detectar instintivamente quién puede darle qué, cuándo y cómo. La mercancía que vende es la comodidad.

Para sentirse justificados por su propia falta de audacia e inactividad, las personas amables explotan el deseo que otros tienen de privacidad y el tipo de secreto que los hace sentir bien ante la ausencia de oposición. Es buen negocio en un mundo donde las personas piensan que serán felices si todo es predeciblemente cómodo, seguro y estable. Dejada a su propio ritmo y preferencias, la persona común mantiene ferozmente la ilusión de libertad y respeto. Es posible sustentar una paz idílica ilusoria en el aura de amabilidad.

Paradójicamente, la transparencia es incómoda para la persona amable, incluso si la imagen que transmiten es la contraria. La imagen es lo más importante. Entonces la persona agradable se coloca velos y asume los apariencias del mismo modo que suele funcionar, superficialmente y al pie de la letra. Sin correr peligro.

¡Pensar que nuestro diccionario originalmente definió “amabilidad” como “ser tonto”!

 

Una receta.

Si quieres que te consideren agradable, respeta el código de ética a seguir. Nunca señales los errores y asegúrate de desviar un problema potencialmente incómodo como para que nadie se pueda sentir aludido. No escarbes la superficie.

Acepta. Adáptate. Mejor no decir mucho. Cultiva una sonrisa y mirada brillante que simula escuchar, sazonada con un asentimiento apropiado de donde brotan las frases correctas.

La clave es que nunca sea demasiado, pero tampoco demasiado poco.

Prepárate para retractarte en cualquier momento y disculparte. Espera señales y permiso. En otras palabras, primero cerciórate de la aprobación colectiva. Mira hacia el futuro.

No mires directamente a los ojos a nadie por mucho tiempo, para no ofender o que te descubran, especialmente si no has logrado el arte de enmascarar las emociones por medio de la distracción. Deja las cosas como están.

No llames la atención sobre nada que pueda incomodar a alguien. Si te molesta a ti, seguro que molestará a otro. Escóndete detrás de otros; siempre es mejor ser el segundo al mando, especialmente si controlas al líder.

Profesionalmente, es letal señalar los errores. Como norma, sería especialmente descortés decir las cosas tal como son. Estas deben ser expresadas ​​delicadamente. Antes de proceder, imperceptiblemente estudia las reacciones para detectar donde está el poder y las debilidades.

Finalmente, si deseas parecer agradable, nunca exijas “tener razón”; permite que otra persona tome el mérito, especialmente si eres miembro del género femenino.

 

La persona falsamente amable es un poco snob y no presta mucha atención a personas insignificantes a menos que alguien poderoso esté mirando. Para sí mismas y en su intimidad , saben cuán poderosos ellos son; la autocomplacencia hace que el juego valga la pena. El control y la influencia que tienen sobre los demás los mantiene fuertes e inflexibles.

La amabilidad disfraza el arte de la invisibilidad y la astucia. Ha sido la postura clásica de las mujeres durante milenios, la forma en que aprendimos a tener y manejar el poder. Solo veteranos de la soledad, sensibilidad y profundidad, los irreverentes, impulsivos, francos e insatisfechos, corren los riesgos que representan cambio, rechazo y autenticidad. Lentamente, al irnos descubriendo tras los velos, las mujeres nos unimos a las filas de los valientes en el sentido de acción social.

 

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