¿QUE HAY EN UN NOMBRE?

¿QUE HAY EN UN NOMBRE?

“¿Que hay en un nombre?  Lo que llamamos una rosa, por cualquier otro nombre, olería igual de dulce…  Deja tu nombre, Romeo, y a cambio de tu nombre que no es cosa esencial, toma toda mi alma.”  (William Shakespeare, “Romeo y Julieta”)url

Una mujer es una con la Naturaleza.  Como fuerza, controla todo sin que sea su intención y sabe seguir sin someterse.  Ella incorpora el espíritu de colaboración, no porque lo deduzca racionalmente sino porque su naturaleza lo contiene todo.

¿Puede haber algo más grande que el milagro y la amplitud de la Creación?  En su núcleo, una mujer es la totalidad de las fuerzas de vida que engendran la creación, pero al parecer, esto no es suficiente.  Sin darse cuenta, una mujer persistentemente se define, pide ser definida y se propone cumplir las expectativas de otros.  ¿Qué se necesita para que vea que sus opiniones de sí misma están controladas por otros y por un modelo patriarcal del pasado?

Para responder a la pregunta proverbial, “¿quién soy?” en vez de tomar conciencia de nosotras sintiéndonos, buscamos referencias, precedentes, opiniones y expectativas con la esperanza de que otros nos verán, sabrán y reconocerán lo que nosotras mismas creemos somos incapaces de ver, saber y presenciar.  Nos creemos su reflejo: virgen, prostituta, diosa o bruja.  Hasta la maternidad se define por actos en vez de por el núcleo sensible del ser femenino.  Como mujeres, añoramos “ser algo” y servir un papel que determine nuestro lugar en el mundo y en el orden de las cosas; algo muchísimo más fácil para los hombres que son los conocidos regentes y arquitectos de la forma.  Ser la amplitud del “Todo” es demasiado, y nuestra sociedad está estructurada para obtener resultados.  Ser algo es el fundamento de nuestro mundo, como lo es del ego.

La pura “experiencia” del Ser ya es bastante desconcertante cuando tenemos una identidad satisfactoria, pero cuando no sabemos lo que realmente somos… esto es especialmente doloroso.  Una mujer es mucho más de lo que podría querer ser y no existen modelos culturales que lo reconozcan.  Se nos valora por lo que hacemos y por como aparecemos, siempre en función de otro.

Es lógico que si somos lo que “hacemos”, simulando podemos ser y hacer cualquier cosa.  Nuestra temeridad excede todo límite, como también nuestra arrogancia.  Hoy, el “poder personal” es el mejor producto en venta.  En las circunstancias adecuadas y con dinero, creemos que somos todopoderosos.  El embalaje y el arte de vender sobrepasan la sensibilidad en cada instancia.  Naturalmente, pensamos que merecemos obediencia y reconocimiento proporcional al poder que exhibimos.

Construimos una realidad alrededor de lo que nos gusta o no, así como de nuestra habilidad para imponer y determinar nuestro mundo individual.  Luchamos contra quien sea o lo que sea que no comprendemos, rugimos contra la Naturaleza que no podemos controlar, y hacemos promesas de continuidad que van contra toda posibilidad.  Buscamos venganza cuando alguien se nos cruza en el camino, recompensa cuando se nos priva de lo que creemos merecer y nos usamos los unos a los otros en nombre del amor.  Afirmamos ser espirituales y mientras tanto desmerecemos todos los principios de vida y de lo sagrado.

Es especialmente angustiante ver tantos pensadores en el campo alternativo reverenciar y asemejarse a dioses y diosas, sin mirarse a sí mismos y ver lo que están haciendo.  La diosa es un principio, vivo y activo en cada mujer como fuerza de la Naturaleza.  He aquí el problema: fuerzas dinámicas inteligentes no son humanas.  La mujer moderna que incorpora este principio espiritual no es una figura a ser venerada; ella administra las fuerzas de la Creación como parte de su naturaleza.  Ni más ni menos.

En una época de ciencia y tecnología, diferentes grados de antropomorfismo aún predominan.  Por las mismas razones que valoramos una identidad artificial, vestimos principios dinámicos con una forma humana y los clasificamos en nuestra escala de valores materiales, en lugar de comprender la dinámica de energías y fuerzas que actúan en la Creación.  Aunque los términos se intercambien, las fuerzas pertenecen a la substancia y las energías se relacionan con fenómenos no físicos.  Hace tiempo, creer en los dioses como entidades supra-humanas era un medio excelente para mantener la atención de las personas emocionalmente primitivas para controlarlas, pero propagar tales prácticas hoy es ir contra el desarrollo intelectual y espiritual.  La verdad es que nos gusta infundirnos con la importancia personal derivada de la identificación con dioses y diosas humanizados.

Coyoltxuahqui, diosa azteca de la luna

Coyoltxuahqui, diosa azteca de la luna

En mi campo actual, estoy frecuentemente en contacto con mujeres (y algunos hombres) que practican rituales de la diosa.  Sea por diversión o “real”, optamos por ignorar el hecho de que las diosas están relacionadas directamente con formas que titilan la sexualidad hedonista masculina.  “Una mujer es una mujer es una mujer”.  Que seamos definidas por otros es perverso; definirnos a nosotras mismas de este modo es triste.  Por más gratificante que sea, no deberíamos permitir que se nos eleve por encima de otra persona.  No debemos engañarnos creyendo que al llamársenos diosas, se nos da lo que nosotras mismas nos negamos – un centro.  En esta incipiente época de la mujer, nuestra responsabilidad es ser lo que somos y estar lado a lado con todos en un mismo nivel.

Hay una segunda instancia en donde la mujer está siendo controlada por un modelo anticuado del pasado. Tiene que ver con el rol de los géneros.  En la física se habla de dos fuerzas, el agente catalítico y la respuesta.  Esto se extiende al modelo patriarcal del líder y el seguidor, el jefe y el siervo obediente y por extensión, lo masculino y femenino.  Es casi inconcebible pensar que la vida, como dinámica, es un baile de fuerzas en donde ninguna dirige o sigue, porque cada una es entera.  Los hombres construyen y definen no solo al mundo si no que también a lo femenino.  Las mujeres están estructuradas para generar, abrazar, valorar y refinar, pero no hay “forma” que pueda describirlo.

Como mujeres, hemos progresado mucho.  Claramente, un nuevo modelo está siendo impreso en nuestro sistema jurídico, ilustrado en libros, películas y constantemente tratado en los medios.  Aún es teórico, la mujer no lo vive en lo más profundo de su experiencia de sí misma.  Las opiniones de otros continúan a determinar la valía física, emocional y mental de una mujer, y hasta las mujeres más emancipadas y exitosas caen en ello. 

Las diosas son bellas y así mismo el deseo de toda mujer es ser bella y exhibir y ofrecer esa belleza para la inspiración de la totalidad.  Parte símbolo sexual, madre, posesión decorativa, las diosas existen para los hombres e infelizmente para mujeres que dependen de su aprobación.  Para una mujer consciente, la belleza es el deleite de la existencia sin ningún otro propósito. Una mujer que reconoce su “mujer interior” está más allá de las definiciones. Su identidad es la presencia continua de sí misma y el ser abundante.Es tiempo de refinar nuestro pensamiento, despertar nuestro intelecto y volvernos conscientes del poder que, como mujeres, cedemos al desear ser menos de lo que somos. 

One thought on “¿QUE HAY EN UN NOMBRE?

  1. Norma

    Me encantó el articulo, y reflexione en algo que me dijo mi tetapeuta ( hombre) que tenía que moverme más, èll sabe como debo ser? Wooo Gracias por recordarme que solo «soy» con tus palabras!

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