Meditación y la sensibilidad

LA MEDITACIÓN Y LA SENSIBILIDAD22318_368437056684738_13472292105333408_n

El fundamento de la espiritualidad es la meditación. ¿Qué la define?

La intención y el propio proceso son factores determinantes. Para alcanzar un espacio interior especial, en dónde nos sentimos plenos, auténticos, centrados, enfocados, claros y empoderados requiere que nos permitamos percibir más allá de los objetivos mentales. Cuando nos concienciarnos del proceso y no de los resultados, la realidad que descubrimos es expansiva, profunda, inclusiva y altamente satisfactoria. Sea cual sea el estilo, el propósito de la meditación es la experiencia de una trascendencia natural que nos revela aspectos de la vida usualmente ocultos.

Es un error común creer que la meditación “se hace”. En realidad, la única actividad que ocurre es la necesaria para retirar nuestra atención de las distracciones habituales y percibir un escenario mucho más amplio. La meditación capta el movimiento y las impresiones que transcurren más allá de la frontera de los sentidos comunes. Para el meditador auténtico incluye la vida diaria y todos los diferentes matices, particularmente otras dimensiones de Conciencia. Envuelve el mundo sutil de sensibilidades y experiencias tan características de las dimensiones más elevadas. En este sentido, la alta filosofía y las matemáticas podrían considerarse meditación.

Muchas personas creen que tenemos que sentarnos en silencio, vaciar la mente, y desconectarnos de los estímulos de la cacofonía diaria. Para llegar al estado de trascendencia se requiere una cantidad considerable de activación sensorial y de movimientos preliminares. Esto incluye movilizar o inmovilizar el cuerpo, regular la respiración de algún modo, escuchar o emitir sonidos, enfocar la atención sea en la respiración, los ojos, la punta de la nariz, o una frase a ser repetida una y otra vez. La practicamos entre quehaceres o durante momentos que hayamos dispuesto para ello. Se convierte en algo que “hacemos” para “no hacer” y aún continuar con lo que necesitamos hacer para participar activamente en la vida.

La imagen del meditador que tenemos es de alguien que se sienta de piernas cruzadas en postura de loto, con las palmas de la mano hacia arriba o abajo, o los dedos entrelazados de alguna manera, y con los ojos cerrados en dónde demasiadas veces percibimos un temblor de las pupilas (supuestamente para elevar el “kundalini”). Pero todo esto no es lo que convierte el acto en meditación; de hecho la mayoría de nosotros ya no hacemos nada de eso. El objetivo es lo que alcanzamos, la experiencia de la Unidad con la Creación. Cuando la integramos en nuestra vida diaria, seguramente cambia nuestro mundo externo y nuestras relaciones. La meditación es la razón de que el mundo hoy esté cambiando tanto y tan rápidamente.

Nuevos paradigmas están surgiendo, los papeles de los géneros están siendo revisados, y todo tipo de patrones y creencias ya no son válidos. Todo porque suficientes personas decidieron volcarse hacia su interior.

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La meditación se volvió atractiva durante los años sesenta como resultado del contexto alucinógeno que brotó como compensación a la turbulencia de las guerras y tensiones sustentadas. Estaba de moda ser parte del grupo que exploraba aspectos y niveles de realidad expandiendo la mente. Cualquier cosa era mejor que confrontar lo insano del mundo circundante. Un libro que apoyó la aniquilación del cerebro izquierdo, “Estar en el aquí-ahora” (“Be Here Now”), se convirtió en best seller. Definía la vena que fluía por los intelectuales y los hippies igualmente, al igual que por la corriente que anunció la era de acuario, la Nueva Era. Con rituales y el revival de prácticas de la antigüedad, aspectos de la religión como el zen se popularizaron, junto con el hinduismo transmitido por los Beatles, versiones poéticas occidentales del sufismo à la Pir Vilayat Khan, y las rutinas de baile y canto alegres y animadas del norteamericano Sufi Sam. Así también el exotismo y el dinamismo de las artes marciales con Bruce Lee, el chamanismo de Castañeda, la psicoterapia de Esalen y las maquinarias bioenergéticas. Janis Joplin se rasgaba el corazón mientras todos la acompañaban en simpatía fumando porros. Fue un periodo intenso que presentó muchas opciones; una gama tremenda y exótica de cosas que “hacer” para “no hacer”, todas inspiradas en la necesidad de autenticidad que promete la meditación.

En las décadas que siguieron, los que no pudieron coherentemente mantenerse dentro del estilo de vida formal con las exigencias del mundo, sencillamente cayeron o se perdieron en las drogas. Nuevas personas entraron al escenario, tal como los yuppies, los académicos, y los previamente CEO’s que se volvieron maestros de yoga. La meditación se convirtió en negocio y tema de chistes en cabarets, sirviendo a los ricos y a los literati, junto con comida sana y vegetarianismo. La meditación se convirtió en algo serio y respetable.

Sin embargo, junto con la espaciosidad mental inducida, entró una cierta apatía. Los reflejos emocionales que promueven profundidad y compromiso con las sensibilidades más finas se morían calladamente. Combinado con los avances en tecnología y ciencia de computación, i-pads, y gadgets de todo tipo que sustituyen el contacto con la vida y con la propia piel, la meditación aseguraba que el participante no se comprometiera con los aspectos de envolvimiento más humanos y profundos. El “desapego” se volvió políticamente correcto. La observación, piedra angular de la meditación se desarrolló en un estado excelso de desconexión.

En el momento presente, muchas personas sufren de una incoherencia tremenda y no saben porqué. El objetivo alcanzado por el cambio en la vida privada se opone al ritmo general y a las apariencias. Carece de la flexibilidad, del contexto emocional y la profundidad que quedaron eliminadas en un ansia de escapar al dolor y al sufrimiento de traumas masivos. El planeta siente intensamente los efectos de la polución y la enfermedad, desastres naturales, políticas rígidas, y catástrofes creadas por el hombre. Añora una pureza mítica mientras el colectivo impone más reglas y demanda más “hacer”. Además, los hábitos ecológicos de comida y de la relación tienden a ser muy costosos, o estériles, lo que hace difícil vincular el reino interior con el mundo que tratamos de construir a nuestro alrededor. Surge una gran confusión en el concepto de la responsabilidad personal y colectiva, donde cada uno echa la culpa al otro. Revirtiendo nuestras inclinaciones anteriores de auto-negación, la exageración y el exceso son la tónica actual.

Tanto como nos deleitamos en seguir procesos y diferentes estilos para distanciarnos por un lado, o embriagarnos por otro, el lugar que imagesalcanzamos dentro nuestro ya no es suficiente. La meditación dicta observación pero ahora llama a una sensibilidad extendida en la aplicación de sus frutos dentro de nuestro estilo de vida y creencias concretas. Haríamos bien en prestarle más atención a las sinfonías de sentimiento que el universo nos brinda en las cosas más sencillas de la vida, empezando con la intimidad personal y extendiéndose hacia todos los aspectos de la humanidad.

Y aquí es en dónde entra la mujer en su capacidad para contactar la profundidad de la vida.

 

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