HOMENAJE A UNA MADRE SINGULAR

HOMENAJE A UNA MADRE SINGULAR

Arte del periodo Neolítico

Arte del periodo Neolítico

Mi propia madre se dedicó a mi toda su vida, aunque siendo una mujer atractiva, impecable y profesional, pasaba la mayor parte del tiempo fuera del hogar. Su gran deseo era que yo tuviera todo lo que ella no tuvo. Y así fue. Recibí la mejor educación, la mejor medicina, lujosas viviendas familiares, viajes por el mundo… Sin embargo, me legó sus temores internos junto con su tenacidad, su deseo de aventura y su sueño norteamericano. No sabía, o mejor dicho mi cuerpo no sabía lo que era estar protegida y abrazada, o valorada genuinamente por lo que soy en vez de por lo que hago. Yo sabía todo sobre las apariencias, la moda, y las buenas costumbres, pero carecía de la experiencia interior de ser mujer, del poder de la mujer en un mundo femenino.

Al final de mis veinte años y estando en la otra parte del mundo, en India, cuando conocí un gurú que marcaría mi vida durante casi dos décadas, una de las primeras cosas que él hizo después de darme mi práctica personal, fue dirigirme a una de sus más destacadas discípulas femeninas. El nombre que me había dado, Divya, indicaba un alto grado de Tantra, o así me lo comunicó. La mujer a la cual me mandó serviría para instruirme en ese camino.

Nunca comprendí, al menos no racionalmente, de qué se trataba esa enseñanza. Ella apenas me instruía en las prácticas tradicionales, o me decía qué hacer. No explicaba; era. Durante la década que estuve bajo su tutela, me enseñó a pausar, a ver y a escuchar, a oír y comprender, a ser la plenitud de mi misma aún cuando todo a mi alrededor era peligroso y limitante. Me ayudó a comprender lo que es la decepción y la simulación, y a vivir el misterio. Me convertí en su ayudante y su recadera constante, atendiéndola día y noche. Se convirtió en mi Madre, una emanación de la misma Tierra, pulsante, húmeda y fragrante, fogosa y contenedora. Bien se había ganado su nombre, Taru, que significa “árbol”.

Cantaba como un pájaro mítico poderoso en aquellos altos tonos cálidos, tan representativos del canto hindú, y llenaba todo el espacio a su alrededor con laimages resonancia de anhelos ocultos del corazón. Con sus ojos cerrados y sus brazos ampliamente abiertos, el sonido surgía de profundidades interiores como una fuente de alimento en el desierto, una ráfaga de calor en una noche fría. Cantaba el “Arti” (la oración del gurú) y miríadas mantras devocionales, textos védicos, “bhajans”, y también era la incontestable dirigente de los “kirtan” en las festividades.

De muchas maneras, Taru era un estereotipo típico brahmán.   En la India, ser un miembro de la clase alta usualmente implica tener a las personas a tu servicio atendiendo a cada necesidad. Aunque ella se había retirado de la sociedad y ahora residía permanentemente en la comunidad del gurú como invitada de honor, comandaba atención y obediencia en donde quiera que estuviera. Lo exigió durante todo el tiempo que permanecimos en la India. Cuando la comunicad se mudó a Estados Unidos fue capaz de demostrarles a todos que también sabía como ser invisible.

Toda relación entre madre e hija nunca está desprovista de asperezas, y el aprendizaje nunca es obvio. Ocurre una transmisión. Del mismo modo que mi propia madre me sumergió en el fluido de sus memorias y actividades aún estando en su vientre, en la calurosa humedad de la estación del monzón y durante todo el año, Taru me rodearía y saturaría con enseñanzas impregnadas del aroma claro y limpio de seda y lino de los saris recién entregados por el “dhobi”, brisas tenues de pachuli, y aquel olor dulce y picante de las yerbas digestivas con resina roja que ella masticaba.

Fuera de su voz inimitable, la característica más notable en Taru era su tamaño. Era enorme, y voluminosa, y aún así ágil y graciosa. Recordaba cuando había sido una niña pequeña y delgada formándose en la danza de los templos sagrados, y me mostró las campanitas de tobillo que aún guardaba. Sus movimientos de mano y dedos preservaban las curvas graciosas de los gestos clásicos usados para contar cuentos en el Oriente. Y aquello era lo único que quedaba de su tamaño original, sus manos y sus pies. Aparecían como minúsculas e hinchadas terminaciones al final de carnes abundantes y abultadas.

Para el mundo externo aparecía desdeñosa, despótica, malcriada, exigente, indiferente y altanera como cualquier “prima donna” internacional distinguida, y en aquel ambiente espiritual, muchas personas se cuestionaban mi conexión con ella. Privadamente, era melancólica. Cuando supo que mi amistad era genuina, empezó a abrirse y fue precisamente esta intimidad que determinó mi “formación”. Detrás de sus inferencias y quejas, ahora reconozco, había heridas profundas causadas por la soledad de ser perpetuamente malentendida – marca trágica del iniciado espiritual. Era compleja. En muchas maneras nada era suficiente para ella y paradójicamente siempre estaba llena de pasión y vida. Podía estallar en humores de puro deleite, particularmente cuando hablaba del gurú y de la gracia que fluye desde las alturas infinitas. De sus labios se desgarraban cuentos folklóricos de romance espiritual con lo divino, de tiempos míticos de Sita, Mira y Radha, ejemplos de devoción y fuerza interior, comprensión y compromiso que eran compartidos y comentados con las mujeres hindúes que se reunían a su alrededor.

Pero, había un rasgo que hacía que muchas personas la juzgaran mal y evitaran su compañía. Taru bebía copiosamente y lo hacía todos los días. Nunca perdió la lucidez, pero cuando estaba especialmente ebria, su voz subía varios decibeles escuchándose en los edificios circundantes. En el complejo al lado del suyo, podía escuchar cuando gritaba mi nombre y dejando todo lo que estuviera haciendo me precipitaba hacia ella. Nunca sentí miedo ni obligación en mis actos; sencillamente la amaba. Ella solo quería que me sentara a su lado. Asumía mi pose favorita a la altura de sus rodillas, a menudo enterrando mi rostro en su falda mullida mientras ella acariciaba mi cabello. En estado de reminiscencia me contaba de los días con el gurú en Bombay, de la mitología hindú, y hacia el final de nuestro tiempo en Poona, sobre estrategia, complots infinitos y maniobras políticas que ocurrían en el ashram y a nuestro alrededor. De una mente brillante tanto como intuitiva, leía a las personas de manera transparente, detectaba lo que ocurría más allá de la superficie. Por medio de sus relatos pude reconstruir mucho de la vida del gurú antes de que avanzara la ola occidental de notoriedad. Más tarde, también comprendí sobre la construcción y la posterior caída de los imperios.

Taru era un fenómeno y la amé profundamente. Se convirtió, casi, en una parte de mí. Comprendía su profundidad psíquica y espiritual y la aceptaba. Aún así, era una vergüenza para muchas personas que creían que la espiritualidad debe ser un ejemplo de comportamiento reservado. Sin embargo, Taru era una versión femenina de Gurdjieff, rebelde, altamente inteligente, predeciblemente impredecible, chillona y tierna al mismo tiempo, corriendo como un río furioso y como un lago oscuro y fresco dentro de mis venas.

En ese tiempo el gurú era el nexo que unía mi mundo. El me enseñó el camino y fue la inspiración, ofreciendo métodos y protección, desafiándome e invitándome a ir hacia adelante… pero ella, ella era el telón de fondo, el vientre de la misma India, el espacio que abrigaba la textura de mi devenir.

Eternamente dentro de mí, siempre aparecerá sonriendo ampliamente, revelando sus dientes levemente teñidos de rojo, en el medio de un océano de mujeres hindúes, que sentadas en el suelo hacíamos y tostábamos chapattis, cantando y contando historias. Ella siempre emana esa irradiación particular, un perfume dulce, a veces empujándome cariñosamente de manera un poco tosca como hace la vaca con su ternerito, en otros momentos abrazándome tiernamente, susurrando ánimo así como advertencias, y reformándome desde el interior, siempre recordándome que el tiempo es nuestro guía.

Cuando finalmente de mi propia voluntad decidí irme de la comunidad, de muchas maneras estaba respondiendo a la enseñanza que me había transmitido, una mezcla particular de entrega y lealtad de alma, compromiso auténtico, e integridad personal inamovible. De algún modo sabía que tal vez nunca más la volvería a ver. Al sufrí la imposibilidad de no poder comunicarme con ella años más tarde, cuando mis cartas no le llegaban, me entristecí muchísimo. El sistema que yo había dejado atrás y las fuerzas que la ataban a su juramento profundo estaban tan separadas como los mundos de los elfos de la maniobra de los humanos. La magia y las costumbres antiguas yacen veladas por una neblina, vivas únicamente en las impresiones siempre presentes en mi corazón.

Su cabello negro y brilloso recogido en un moño, sus manitas envueltas en brazaletes dando palmas al ritmo de la música del darshan, para mi hoy ella se irgue en el centro del templo inmortal de la Madre.

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¡Gracias, amada Taru!

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