El ser humano olvidó lo que es “sentir”

EL SER HUMANO OLVIDÓ LO QUE ES “SENTIR” (Artículo original para la revista “Uno Mismo” (Argentina)

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“La conciencia es revolucionaria del mismo modo que la represión de la conciencia es anti-revolucionaria. … La conciencia revolucionaria es la Conciencia Primal – una mente integrada y liberada de las realidades internas del dolor. Sin esta Conciencia Primal, el neurótico podrá externalizar sus conflictos internos y su rebeldía será simbólica.”

“La Revolución Primal, Hacia un mundo ‘real’”, por Arthur Janov, 1972

Los años 60 fueron revolucionarios en muchos aspectos. Por un lado irrumpieron los Beatles y con ellos el rechazo a la superficialidad y al idealismo ingenuo de la post segunda guerra. Por otro lado España e Hispanoamérica luchaban política y militarmente para liberarse del formalismo de siglos. Mientras tanto el Oriente nos llamaba al seno profundo del recuerdo y al despertar de la conciencia. 

Los que vivimos aquella época de cataclísmicas transformaciones sociales y culturales, lo hicimos a lo grande, con excesos y exageración, manifestaciones dramáticas, culto a lo caótico en jazz y artes plásticas, redefinición del núcleo familiar y de otras reglas sociales, y un cierto rechazo a la autoridad religiosa. Por todas partes se hablaba de paz aunque en un futuro aún incierto. Era un estallido emocional de odio y resentimiento reprimidos por la injusticia. Las terapias y el trabajo corporal surgidos en ese momento se extendieron más allá del alivio temporario; consistieron en una intensa y severa regresión y reevaluación. El tantra sexual, el grito primal, el rolfing, la bioenergética catártica…   Como las propias políticas que precursaron el movimiento, todo exigía un envolvimiento total e inminente, drástico y doloroso. Había que sanear el presente y eso representaba entrar en sus raíces y erradicarlo para comenzar de nuevo. 

El mundo entero parecía despertar de un prolongado letargo. Fueron muchos los que agotaron sus recursos físicos y emocionales hasta la decadencia absoluta, saturados de drogas, sexo y guerras. Los que nos encontrábamos en el núcleo de batallas y sobrevivimos buscamos la inspiración y sanación en el silencio de la naturaleza o de la meditación, en comunidades apartadas. Extendimos nuestra contienda a la creación o participación en organizaciones alternativas. Surgió el movimiento Nueva Era.

La siguiente generación buscó otro tipo de compromiso e inauguró la época del ordenador. Sin percibirlo cavó una brecha entre los excesos recientes y la visión de un futuro posible. El grito existencial de la humanidad impotente que se proyectaba en todo tipo de violencia fue suspendido, para culminar en la palpable aura de otro tipo de represión, el control de la mente y el miedo actual. En cada esquina se iba asomando el automatismo proporcional al terrorismo, y su sombras se infiltraban sigilosamente en lo más hondo de nuestro santuario interior.

Pasaron varias décadas. El presente, sollozando a escondidas y movido por corrientes de emoción ahogada, pide de nuevo un cambio. Un impulso ciego, incomprensible y muy cansado añora algo bello, alegre, inspirador. El término “meditación” ha llegado a definir una pausa de los ritmos frenéticos de nuestro alrededor y se ha convertido en moda. Algo más a “hacer”.

Mientras tanto, las formas de vivir alternativas han crecido. Nos volcamos de nuevo hacia la naturaleza con la esperanza de que regrese a casa, que tome su inevitable rumbo. Añoramos, aunque sea unos minutos, descansar en el regazo de una madre que nunca tuvimos, un padre que se ausentó porque él mismo perdió el camino. El presente anestesiado por el terror, la artificialidad, los computadores, los teléfonos y la píldoras-milagro busca autenticidad. Un regreso a la intimidad y a la comprensión de uno mismo. Sometida a un estado de rebeldía inútil, la humanidad ha sido víctima de una hipnosis colectiva embrutecedora.

En este respecto la década de los ‘60, de forma muy elocuente, espejan la condición humana de la actualidad. Decía Janov, autor de “El Grito Primal” en 1970:

(La humanidad) …tiene la sensación de que nunca ha vivido y que no sabe cómo vivir. Está dispuesto a confiar en que otros le conduzcan en el camino porque ha entregado la única llave años atrás – si mismo.” (“La Revolución Primal, Hacia un mundo real”, 1972, “The Primal Revolution: Towards a Real World”)

 

La solución. 

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La solución consiste en el reconocimiento de una simple verdad: lo más grande de la experiencia humana es sentirse plenamente vivo para explorar todas las experiencias de la vida conscientemente. Todo el resto, incluso el desarrollo de las facultades espirituales, ocurre como consecuencia de esto. Pero, detrás de esta posibilidad se esconde un problema ignorado: el ser humano olvidó lo qué es “sentir”. 

El impulso por sentir equivale a estar presente y co-crear con la vida en todos los niveles. Aprender a decodificar el idioma de nuestras sensaciones y emociones entumecidas. Sólo así podemos sentirnos sintiendo a otros. Ese sentir nos encamina a una toma de conciencia, a la percepción de lo real o verdadero más allá de lo aparente, con todas las consecuencias éticas que esto implica. El sentir así definido es el único antídoto contra el intelectualismo y el frenesí de los instintos. Identificamos el momento presente y la realidad cotidiana, y dentro de esta realidad encontramos el pasado y el futuro. Sin ello, la ilusión y la mentira.

Todos los niños nacen con la capacidad de sentir intacta. Ésta comienza a disminuir cuando se ignoran sus necesidades básicas. Además de las físicas obvias, estas necesidades son delicadas e invisibles: ser tocado, amado, apreciado, reconocido como individuo, y estimulado a expresarse y a manifestar su Ser. Cuando no se cumplen, desarrollamos compensaciones simbólicas. Se construye una auto-imagen irreal que nos separa de nuestra esencia o potencial.

La neurosis en este contexto se entiende como la búsqueda de satisfacciones simbólicas que nunca lograrán llenar el espacio hueco interior ni sanar las heridas. Reabrirnos a la sensibilidad en todos los sentidos, tarea extremadamente difícil no es nada apetecible para la mentalidad actual. La rigidez del sistema de defensas y justificativas es demasiado fuerte. Y aquí estamos. Nuestras necesidades irresueltas se cubren con capas de emociones y representaciones artificiales.

El problema es el callejón sin salida con que nos confrontamos cuando concienciamos los traumas y los significados distorsionados que sostenían nuestro comportamiento simbólico. En su lugar sentimos un vacío. Se acaban las excusas y las justificativas. En la ausencia de todo aquello que nos sustentaba, surge la soledad y con ello la responsabilidad. No es fácil reconocer que no hay nadie ni nada a quien culpar. Porque en realidad no “necesitamos” a los otros; por primera vez somos capaces de amar y este impulso es más que suficiente. Nos llena por completo.

La belleza del trabajo sobre la sensibilidad es que ocurre de modo indirecto y sutil. Nos servimos de silencio, espacios largos de tiempo, aislamiento y privación o quiebra de las rutinas cotidianas automáticas. Con ejercicio y estímulo, durante este periodo de tiempo solemos cuidar del cuerpo físico, el edificio que sustenta todo. Cortamos todo hábito que alivie la tensión o nos anime artificialmente, pues lo que buscamos es precisamente liberar la presión y por medio de esa intensidad alcanzar la verdad interior.

El proceso de la sensibilización nos lleva a descubrir el interior del cuerpo, mente y emoción para decodificar lo que son los lenguajes celulares y energéticos. Aprendemos a sentir el cuerpo y reconocer las emociones, a unir las partes, y a distinguir la sensación de sentimiento, y la percepción de la imaginación. Tomamos conciencia de lo que sentimos y como lo sentimos, aprendemos a conocernos, organizarnos y reorientarnos. Sobretodo aprendemos a confiar en nosotros mismos. Encontramos nuestro camino interior y podemos leer sus señales. Eventualmente perdemos la dureza e insensibilidad que nos cubría y la energía liberada se vive como plenitud y placer.

 

La neurosis vs. el ser real.sensory-deprivation

Nuestro ser real, o ser interior, posee la capacidad ilimitada para sentir, conectarse y decodificar su relación con todo.

Durante toda una vida el Ser Real vive con el dolor, clausurado detrás de una pared que para sobrevivir se ha vuelto impenetrable. Cuando la vida se siente plenamente, el placer y el dolor, lo que ha sido satisfecho y lo que no, la capacidad de sentir se expande y se convierte en sabiduría. Se abre la posibilidad de salir de la rueda de causa y efecto.

El ser humano es una unidad compleja. Nuestro organismo sensitivo responde a estímulos internos y externos de toda índole constituyendo un sistema de realidades que trasciende tiempo y espacio. Tiene conciencia y posibilidades ilimitadas.   Neurosis es una actitud mental, no un estado de ser. No es intrínseco ni al cuerpo ni a las emociones que al final de cuentas son manipuladas por el pensamiento. La experiencia plena en un aspecto afecta todos los otros. Abre el camino para niveles más elevados de conciencia.

Lo importante no es el significado si no la experiencia energética. Lo que se libera tiene su correspondencia en el sistema nervioso central. Proporcional a la intensidad de la experiencia, los impulsos eléctricos y químicos (neurotransmisores) de las neuronas se accionan y buscan resolución. La liberación real incluye la reformulación de formas-pensamiento tanto como el desarrollo posterior de la conciencia a niveles de supra-sensibilidad. Incluye el refinamiento de la percepción y el uso del lenguaje, recuperando así el poder de re-cualificar y crear nuestras experiencias.

El significado de nuestra vida está determinado por el nivel de profundidad con que la sentimos. El primer paso es desarrollar una personalidad consciente y flexible. El segundo es reconocer que no somos la personalidad, lo que facilita una cierta distancia que permite dominarla, aún disfrutando de ella, crear una identidad consciente y construir nuestro mundo.

FIN

 

Un anécdota: images-1

La nota que apareció en Clarín (revista dominical argentina) sobre mi hizo referencia a mi formación en la terapia primal y al hecho de que “trabajé” con John Lennon.

Arthur Janov, Ph.d. fue mi primer maestro. Era 1969. Yo vivía en New York y mi marido trabajaba como lector de manuscritos en una editorial. A veces traía su trabajo a casa. Cuando leyó “El Grito Primal” (“The Primal Scream”) se entusiasmó muchísimo con las teorías y lo leímos juntos durante un fin de semana largo del 4 de julio. Cuando la empresa para la cual trabajaba mi esposo rechazó el manuscrito, él mismo lo llevó en una otra editorial, que luego fue la que lo publicó, aunque no sin condiciones. Exigía que una persona de confianza fuera a Los Ángeles y pasara por la terapia intensiva, acompañada por uno de sus psicólogos quién certificaría no solo su estado de “neurosis” sino los comienzos de una “cura”. Mi marido sugirió que me mandaran a mi.

Así conocí al Dr. Janov. Cuando regresó el psicólogo que me acompañaba, después de las tres semanas del intensivo que la terapia requería, yo me quedé y le pedí a mi esposo (a llanto por teléfono) que nos mudáramos para California.

Nos instalamos en Los Ángeles y fui parte de su primer equipo “in training”, mientras asistía a unos cursos en psicología en la universidad de San Fernando Valley, para cumplir con los requisitos del estado. Poco después de la publicación de su libro, explotó su fama. Un día recibió un llamado de John Lennon y Yoko Ono desde Londres. Un mes más tarde ellos se unían a nosotros en el consultorio del Dr. Janov en Rodeo Drive para la sesiones grupales que seguían el periodo personal intensivo. Ya yo asistía en esos grupos, y fue así que yo también conocí a la famosa pareja. Un día, a pedido del Dr. Janov, Lennon cantó “Julia” dirigido a su madre, a capela y entre sollozos. ¡Por supuesto que todos lloramos con él!

John Lennon, todos sabemos, era el mas “sensitivo” de los Beatles.

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