El pináculo de la vida

sun-moon-star-night LA MUJER INTERIOR Y EL HOMBRE INTERIOR

Las mujeres y los hombres desean trabajar juntos, lado a lado en verdadero compañerismo.  El problema es que cuando nos juntamos lo hacemos en carencia en vez de en plenitud.  Creemos que el otro nos debe completar o equilibrar.  Parece que nos atraemos por necesidad o por la proyección que tenemos de nosotros mismos, en vez de por una diferencia que representa un desafío y que nos obliga a asumir la responsabilidad por nosotros mismos.  Queremos ser amados por lo que hacemos y amamos a los otros por su apariencia o por su presentación, en vez de por lo que es.  En el campo profesional, juzgamos y competimos según metas y estándares predeterminados, en lugar de distinguir facultades y atributos únicos y perspectivas inéditas.  Esto no define un terreno de compañerismo.

Necesitamos redefinir la asociación, la pareja y la igualdad como la co-existencia de diferencias y la originalidad individual.  En vez de preservar la creencia común de que los géneros se complementan, que somos mitades de una unidad y que tenemos que “ayudarnos”, deberíamos aspirar a ser plenos y auténticos.

Prestamos considerable atención a las apariencias y muy poca a las cualidades invisibles de las personas, especialmente si no se expresan en relación directa a nosotros.  La naturaleza de la gracia inherente, la presencia, la inspiración, la cualidad del cuidado y la motivación y el tipo de estabilidad que emana de una persona y que permea una condición o un acto noble… no se relaciona a lo que hace o a su comportamiento.  Describe una cualidad que se atribuye a la naturaleza exaltada y única de los géneros.

Nuestro cuerpo es el instrumento principal por el cual vivimos la vida y alcanzamos la maestría.  Mujer u hombre, cada uno ofrece características energéticas únicas.  Diferencias orgánicas y sensibles pre-condicionan tanto la percepción como la cualidad de la actividad en el mundo, fácilmente eclipsadas por la importancia excesiva que se le presta a los resultados.

Las mujeres y los hombres compartimos el mundo externo y una realidad subjetiva que es su reflejo.  El alma, un estado completamente neutro y trascendente, es una influencia sutil que es más una inspiración que algo físico.  La condición interna de género es diferente.  Tiene que ver con la junción entre el alma y la personalidad que trasciende la subjetividad al tiempo que la  abraza.  Más importante, refleja las energías físicas y deja una marca muy distintiva sobre la textura de nuestro mundo.

Atributos invisibles de género se desarrollan en posibilidades que contribuyen al refinamiento de la cultura y de la humanidad.  Algunas mujeres y hombres sin destaque alguno han alcanzado a la cumbre de la evolución y constituyen el individuo iluminado para nuestro tiempo.  Su espiritualidad es natural e incluye cuerpo, mente y sentimiento.  Han llegado a lo que llamo LA MUJER INTERIOR y EL HOMBRE INTERIOR.

Siempre me sorprende que no se hayan hecho estudios de las numerosas variantes ocultas de los géneros.  El desarrollo normal de la mujer y del hombre no se define por actos, opiniones, apariencia o aceptación social.  El factor determinante es la perspectiva que cada uno ofrece y su experiencia más íntima.  Hay ciertas cosas que no podemos cambiar, tal como nuestra visión del mundo, las prioridades espontáneas más internas y la manera como reaccionamos visceral, intelectual y creativamente.

Ser una mujer o un hombre representa vivir una química particular y una estructura que resuena diferentes ritmos, compulsiones y características.  La mayor parte del comportamiento sutil y la experiencia personal responden a la afiliación de género.  Claro que nos gustan las mismas cosas y trabajamos por las mismas metas comunes.  Pero, una mujer es una mujer y un hombre es un hombre porque ella o él “siente” el mundo de manera particular. Esotéricamente esto se relaciona a corrientes de electromagnetismo y resonancia diferentes.  Nuestro vocabulario no tiene términos para ello y nuestra sensibilidad no está lo suficientemente despierta aún para apreciarlo.

Se dice que las mujeres son las que crean un ambiente hogareño y los hombres son los proveedores.  Sabemos que esto no es del todo correcto y sin embargo hay una verdad en estos estereotipos.  De muchas maneras las mujeres son maternales aunque nunca hayan dado a luz y se conviertan en empresarias prominentes.  Los hombres ejecutan y compiten, aun cuando no haya ganancia económica envuelta y asumen el papel de padre-madre.  Cada género presenta ventajas y rasgos especiales inclusive cuando desenvuelve tareas normalmente atribuidas al otro.  Esto no sugiere superioridad si no exclusividad.  Las implicaciones de esto son fenomenales: las mujeres no tienen que parecerse a los hombres para tener éxito; los hombres no tienen que emular a las mujeres para mostrar sensibilidad.  Cada uno responde a sus propias fórmulas que no implica poseer una contraparte masculina o femenina dentro de sí.

Nuestra participación en la vida requiere el espejo que nos muestra el otro género.  Esto no tiene que ver con una necesidad emocional o física; está implícito en la dinámica de la vida tridimensional y la dinámica de la evolución.  La diferencia de género acarrea una atracción especial, un incentivo y un desafío a las expresiones que matizan nuestro entorno, sin que esto sea competitivo.  Independientemente y de manera paralela, los géneros tejen las texturas de la realidad.  Las fuerzas y las energías nos definen, evocan, sustentan y marcan los ritmos del mundo.

Mujer y hombre, cada uno a su manera, es completo pero diferente.  Ninguno puede percibir por el prisma del otro.  En el núcleo de la expresión femenina y masculina hay una fuente formidable de luz que surge solo cuando hemos vivido la vida plenamente, interna y externamente, obedeciendo los delicados imperativos dictados por el género. Es una opción deliberada que hacemos antes de encarnar.

La realización es enteramente individual.  El regocijo que surge de la unión consigo mismo es sinónimo de plenitud.  Sólo así, los géneros podrán construir juntos un nuevo mundo que trascienda sus posibilidades individuales.  El compañerismo es el resultado y no la meta.  Es entonces cuando el amor deja de ser el afecto que de alguna manera ata a las personas.  Éste, brilla como reconocimiento y aprecio.

He escrito sobre LA MUJER INTERIOR durante los últimos años, describiendo su condición como el perfume que emana de aquella que ha hecho las paces con toda la vida, que no teme ser humana, natural, auténtica o diferente.  Esta mujer se interesa profundamente por todo, lo suficiente como para pararse en sus pies sola, si necesario.  Ha realizado su potencial interior pero lo ha hecho como mujer sobre la tierra y en el mundo.

La Mujer Interior es aquella que reclama el derecho de gestar la humanidad desde el vacío que alimenta en su seno, en contacto con las experiencias ofrecidas por el mundo consensual.  Es una mujer que es plena, libre, poderosa y comprometida con todo lo que la rodea.  Tal mujer lleva cualquier rostro, ejerce cualquier profesión, hace cualquier cosa en cualquier parte del mundo, porque nunca se trata de lo que hace.  Se trata de lo que ES.  Su ser interior surge a través del sentir y del sentimiento, catalizando una marea que reúne en sí misma, abrazando, nutriendo y preservando.

La “mujer interior” de cada mujer es tan diferente como una estrella en el universo, aunque surge de un núcleo común.  Una mujer que realiza su ser interior se convierte en un instrumento del destino permitiendo un nuevo mundo.  Es el alma de la vida física y su puente con el espíritu.  Como corazón, da poder sin retener poder.  Su regalo a otros es el empoderamiento.

Mientras que lo fundamental para la mujer es “el vacío”, para el hombre el reino interior se revela en silencio como la “no-forma”.  Este contacto con su núcleo precipita la actividad y la definición.  El HOMBRE INTERIOR es el nexo espiritual del Principio Masculino, sugiriendo el poder manifiesto.  Sus acciones no están dictadas por la necesidad física personal o por una imagen de la masculinidad.  Se reconoce como Fuerza.  Es el agente creativo que lidera con integridad y ausencia de ego, protector y cuidador de la humanidad.  Cualquier hombre, haciendo cualquier cosa grande o pequeña, en cualquier parte se convierte en un Hombre Interior cuando manifiesta su género como la concreción de la Palabra.

Cada “hombre interior” es tan diferente de otros hombres como los son los sistemas de soles.  El que conoce su hombre interior como silencio, extiende su calidad dentro de formas que expresan el cuerpo de la humanidad, imponiendo valores e incorporando nobleza, protegiendo la fuerza femenina del vacío como el alma sensible de la vida en todas partes.  Llena el mundo con expresiones que transmiten propósito divino.

Sin artificio, cada género responde a la vida con profundidad y magnitud, con patrones fundacionales únicos y de esto es de lo que se trata.  El Ser Interior nos redefine a nosotros y a nuestro mundo.  Es el elixir secreto que permite la amistad y el amor, la alegría y la iluminación.

La cualidad del mundo depende de la realización única de cada género y la armonía excelsa y sublime de la diferencia.  LA MUJER INTERIOR gesta y sustenta el fundamento para la manifestación.  Es la Isis soberana de la noche.  EL HOMBRE INTERIOR provoca las fuerzas dentro de la no-forma para crear un dosel para el infinito.  Es Ra, la autoridad luminosa del día.  No hay razón para un antagonismo, imitación o dependencia ante tal magnificencia.

Ra e Isis

One thought on “El pináculo de la vida

  1. Manuel Roa

    Con que claridad sencillez y nítida profundidad, lo que expresas y como….
    a través del viaje de tus palabras..
    El dilema tan…..poco profundizado del hombre y la mujer….interior..!
    Te doy las gracias por éste hermoso regalo….es un bálsamo para el alma…!

    Un abrazo gordito..

    ..
    Manuel

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