EL PERPETUO DRAMA: ADÁN, EVA Y EL FRUTO PROHIBIDO – parte II

UNA EXPERIENCIA FEMENINA DE LA HERENCIA DE EVA Y EL FRUTO PROHIBIDO

Como hija de Eva, las mujeres somos problemáticas. Agitamos la atmósfera. Donde estemos hay ambivalencia. No recuerdo ningún momento de mi vida en el que no estuviera cuestionando las apariencias, y no creo que soy muy diferente de mis hermanas.

Incluso de niña siempre había un poder dentro de mí que tiraba de las cuerdas y sabía más de lo que “pensaba” saber. Todo lo que tenía que hacer era enfocarme y ajustar mis sentimientos para conectarme con algo. Los destellos de perspicacia provocados por la experiencia máxima de ese tipo de adaptación me permitieron vislumbrar aspectos que podrían llamarse invisibles. De alguna manera, a través de la generación y manipulación de mi propia intensidad de sentir, me auto-condicioné automáticamente para crear una agitación que rompiese la aparente inercia de las cosas tal como son, para llegar a realidades más profundas. Cada mujer lo hace en su propio estilo, incluso las más tranquilas.

Desarrollo

He tenido una relación tumultuosa con la “feminidad” a nivel personal y también a nivel objetivo. He cuestionado, desafiado y discutido conmigo misma al respecto. Las percepciones se filtran como respuestas de algún tipo, nunca directas, nunca claras, nunca precisas, y a menudo verdaderas al final. No es exactamente intuición; surge de la intención, del esfuerzo deliberado.

Escuchar para oír y comprender implica desarrollar un lenguaje especial, usar otra parte del cerebro y otro tipo de emoción. Descifrar y digerir información puede ser difícil; el aprendizaje ocurre proporcionalmente a la conexión cada vez más profunda a este estado. Desde esta perspectiva, eventualmente, lo que parece misterioso, se revela a través de la experiencia directa y un tipo de conocimiento. Lo suficientemente claro para nosotras las mujeres.

Una profunda insatisfacción con la comunicación común, máxime sabiendo que existía “otra manera”, otro acceso, respaldaba un estado constante de inconformidad que creo que las mujeres compartimos. Esa “otra manera” es agitada continuamente por un ardiente deseo de saber más de lo que es evidente. Luego me siento como que guiada a través de un laberinto de sensibilidades internas que utilizo intuitivamente, sin saber por qué, para qué o cómo.

Mi intelecto se desarrolló proporcionalmente, siguiendo la ruta de mi mente impaciente inquisitiva. El desarrollo emocional siguió su propio ritmo. Por otro lado, un miedo profundo en forma de sensaciones-sombras y agudo malestar físico al borde de la irritabilidad vino de la mano de la herramienta que me permitió ir más allá de los confines habituales de la información. Esta fue una repetición de Eva y la fruta prohibida. Sentí como si estuviera persiguiendo la luz caminando en las sombras, y la felicidad sucedía en otra parte.

El mayor enigma, mi cuerpo de mujer era el mejor aliado y el peor enemigo. Avivaba una sensación casi tangible, más oscura, que deletreaba peligro, constantemente recordándome que estaba sola, incluso cuando acompañada y que había cosas incómodas que se agitaban y cernían a mi alrededor. Todo esto añadía a la inseguridad innata y la vulnerabilidad de ser el polo atractivo.

Nunca podría vaciar o entregarle completamente mi cuerpo a otro. Me pregunto cuántas mujeres se sienten así. Incluso entregarse al sueño puede ser difícil. En retrospectiva, esto me protegió a través de las situaciones, personas y condiciones más sorprendentes. Si soy honesta conmigo misma, siempre he preferido el estado de totalidad de la soledad y la intimidad que experimentaba en la tranquilidad interior. Incluso con los beneficios de la perspicacia y la psicología, nunca logré entender completamente la superficialidad.

Sensibilidad

Toda mi vida, la feminidad me ha ofrecido un desafío, de no saber exactamente dónde trazar la línea divisoria entre la llamada verdad de la gente, y sus pretensiones. Apenas ha habido algo parecido a la simplicidad en mi mundo. Durante un tiempo larguísimo, mi cuerpo vivió en la zona de la eterna niña y sus posibilidades fantasiosas, contrarias a las emociones y los impulsos de mi mente; el mundo de las otras personas me parecía extraño. Se me percibía como “pesada”, triste, trágica para algunos, gentil y serena para otros, misteriosa e impredecible para el resto. La curiosidad abismal, el pozo sin fondo de inmensurable precariedad e incertidumbre en que viví, me han llevado a anhelar algo indefinible y cercano.

Siempre percibí las condiciones familiares, incluso la situación idílica de algunos de mis conocidos, como lejos de ser estable. Creé mi personalidad amoldándome a las reflexiones y las necesidades de los demás. Aprendí a manejar la sensualidad natural cuidadosamente y, a menudo la disminuía (o intensificaba) deliberadamente. El sexo era una intrusión aterradora en la santidad interior de mi privacidad y totalidad. Salvo en muy pocos casos, respondía a las expectativas. Asaltada por las necesidades de otro, era una ejecución demandada que me aburría y me asustaba al mismo tiempo. Incluso las amistades a menudo exigían de mi un aguante heroico incomprensible, y una pretensión, al hacerme eco del otro y la mayoría de las veces esquivando la angustia de una posible traición. Como mujer, sentí que nunca encajé del todo, no realmente, ni enteramente.

Quizás por estas razones, no me podía permitir las delicias estrictamente corporales. No vivía un momento sin una contraparte emocional y su correspondiente intensidad. El pensamiento revelaba una red de trampas que camuflaba dinámicas internas enigmáticas. Y sin embargo, como mujer, la vida era hermosa, incluso en su aspecto temible; seres humanos aparecían como criaturas divertidas, conmovedoras y entrañables. El tremendo afecto por la vida, tan fuerte como el miedo celular, se volvía tan conmovedor como los signos de excitación perpetuamente encendidos dentro de mí.

Reconozco el legado de mi antepasada: una inteligencia sensible apenas perceptible en nuestro tiempo. Es lo que impulsa a las mujeres del futuro, formadas en el mundo de causa y efecto de Adán, expertas en el manejo del intelecto, el orden y los sistemas, tanto como cualquier hombre, pero con una estructura diferente: una conciencia no lineal de la humanidad heredada de Eva que nos permite saber-sin-saber y con certeza.

Hoy

Mi corazón está lleno de amor por esta intrigante experiencia de la vida física, por la ternura que las personas se tienen en nombre del amor, por la profundidad del dolor y la sensibilidad que la vida evoca, por el esfuerzo requerido para comunicarse en palabras con el fin de compartir la ilusión de la unión. El amor humano me entristece y en esa profundidad hay un extraño regocijo; me lleva más cerca del abismo sin fondo que es siempre e intensamente el recuerdo del hogar paradisíaco subliminal.

Dentro del género femenino, me atrevo a decir, Eva siempre renace anciana. Todas somos muy conscientes, desde el principio, de algo que es demasiado doloroso para una niña, para una mujer y, en última instancia, para una persona soportar. Provoca la soledad y el vacío que define nuestra condición de mujer y, sin embargo, insinúa una plenitud infinita. Esto, la transparencia de nuestra inquietante verdad, es el legado que compartimos como hijas de Eva.

Cada mujer a su manera.

Fin de la Parte II

 

Parte III – La experiencia masculina de la herencia de Adán

One thought on “EL PERPETUO DRAMA: ADÁN, EVA Y EL FRUTO PROHIBIDO – parte II

  1. MAXI

    INTERESANTE REFLEXIÓN…
    POR ALGUNA RAZÓN, YO TAMPOCO TUVE SUERTE….PERO ME ARRIESGUE…
    PERO NO A TODO EL MUNDO LE TOCA LA LOTERÍA…
    PERO HA SERVIDO, PARA SABER QUE SE QUIERE..Y QUE TAL VEZ, TENGAMOS KARMA DE VIDAS ANTERIORES….
    GRACIAS A ELLO, SE DESTINGUIR DE LEJOS, SIN VER BIEN, POR EL OIDO, QUIEN ES GENTE Y QUIEN UN PSICOPATILLA NARCISISTA…

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