El Escenario

EL MARCO DE MI VIDA

Sin título-1Somos criaturas de instinto, hábito, espontaneidad y creatividad, en ese orden. Como una colonia de abejas u hormigas nos impulsa un instinto que nos sobrepasa. El sol y los planetas nos mueven. Las modas culturales nos modelan. Nuestro nivel social y económico así como también los valores de nuestros padres, sexo, raza y religión, nos marcan para toda la vida. Nuestro sistema educacional, amigos, enemigos, maridos, esposas, y a final de cuentas nuestros hijos influyen en nuestras acciones. Bajo tales condiciones, ¿que determina si seguimos al rebaño o expresamos autenticidad e independencia? La ley hermética infalible dice que “igual atrae igual”; esto implica que nacemos en momentos específicos de la historia que colorean nuestro temperamento y predisponen nuestras tendencias.

Yo nací en 1943 en el medio de la Segunda Guerra mundial. Ese año, Joseph Mengele se convirtió en medico-jefe de Auschwitz y la rebelión del ghetto de Varsovia fue sofocada. Se luchaba en la Guerra Civil española, en Argentina ocurría un golpe de estado, otro en Bolivia, y motines mexicanos se levantaban en Centro America. Durante el mismo periodo de tiempo que LSD se descubrió, Chiang Kai-Chek asumía la presidencia de China, y Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y Stalin se reunían en Teherán para planear la invasión de Europa. Para expresar el complejo y acelerado ritmo de la época, fue el año que Duke Ellington y Leonard Bernstein alcanzaban la fama.

Era una niñita cuando lanzaban las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y el tribunal de Nuremberg ocurría. En aquellos años, asesinaron a Mahatma Gandhi en la India e introducían el apartheid en África del Sur. La conciencia de la humanidad explotaba y se sentía agudamente el grito por igualdad y libertad. Tenía siete añitos cuando dos independentistas puertorriqueños intentaron matar a Harry S. Truman, un hecho doloroso y trágico que marcó mi propia vida y la de mis padres en Brooklyn en su momento: nos miraban de la misma manera que a los japoneses durante la segunda guerra mundial. Entonces empezó la guerra de Corea. Una parte mía importante y profunda imbuía el clima helado de la guerra fría, el advenimiento del temor y la paranoia en masa. La otra parte absorbía el amanecer de la era de los ordenadores y nuevas posibilidades de comunicación.

Tenía once años durante la época de McCarthy, sinónimo de fanatismo que avasallaba a los Estados Unidos de Norteamérica. A mis trece años, Elvis titilaba la libido del mundo. Tenía dieciséis cuando en 1959 el Dalai Lama huía del Tibet. Un año más tarde JFK fue elegido presidente, para ser asesinado tres años más tarde. Recuerdo que el mismo año que estábamos de vacaciones en la Habana, Fidel avanzaba hacia la capital desde Oriente. Coincidentemente, Cassius Clay se convirtió en Mohammed Ali y Sammy Davis Jr. desafiaba el código social casándose con la muy-blanquita May Britt el mismo año. ¡Todo el mundo rompía moldes! Era lógico que los que maduramos durante esa época haríamos lo mismo.

Tenía veinte años cuando Nelson Mandela fue sentenciado a prisión perpetua y veintidós cuando se declaró la guerra de Vietnam. Mientras tanto se descubría la estructura del ADN, ocurría la primera caminata sobre la luna, y los Beatles anunciaban la llegada del sol. Poco más tarde ocurrían más protestas en Francia e Italia, y mas asesinatos, esta vez el de Martín Luther King, Jr.

Ya era madre cuando ocurrió Woodstock y nacía Greenpeace y el Peace Corps, cuando hicieron el primer bebé por medio de fertilización in vitro, y cuando surgió la Internet. Fue el momento en que el Medio Oriente empezó a ocupar primer plano mundial, cuando Khomeini derrocaba al Shah de Irán, y la Unión Soviética invadía Afganistán. Lo que la agitación política no pudo cambiar, se catalizó por medios químicos y accidentes ambientales: surgía el virus del Sida. El desastre de Chernobyl y del Challenger tuvieron lugar en 1986, seguidos de la caída de los mercados un año más tarde.

En 1989, justo antes de mi regreso de la India tras una década, y luego de desarrollar el sistema de la Alquimia Interior que sería mi marca registrada, cayó el muro de Berlín, y dos años más tarde colapsaba la Unión Soviética. La temperatura de la atmósfera subía, y aquello era mucho mas que calentamiento global. La invasión Iraquí de Kuwait y la guerra del Golfo continuaban a enconar el ambiente del medio oriente.

Cuando celebrara mis cincuenta y tantos años, ya estaba habituada a las intensidades a mi alrededor y dentro de mi. El bombardeo del World Trade Center en 1993 presagiaba el futuro de manera incómoda. Más y más personas se atraían a los ideales de la Nueva Era, y la sociedad del mundo parecía dividirse entre los extremadamente necesitados, los veteranos pragmáticos, y los idealistas volados. Entonces, 1995 fue un año destacado para todos. Un terremoto masivo azotó al Japón, explotó una bomba en la ciudad de Oklahoma, surgió un brote de Ébola en Zaire, OJ Simpson fue absuelto de homicidio doble, y Yitzhak Rabin fue asesinado – ¡todo en el mismo año! Y niños mataban a niños con revólveres en las escuelas. ¿Dónde estaba la justicia?

Mis sesenta años vieron el derrumbe de las Torres Gemelas y el bombardeo de Madrid y de Londres, la decadencia de la industria cinematográfica y musical, y el aumento en pornografía y pedofilia. Las fuerzas “aliadas” de los Estados Unidos invadieron Iraq y Afganistán. La naturaleza parecía declarar la guerra contra los abusos ambientales manifestando con desastres naturales de todo tipo: sequías e inundaciones, huracanes furiosos, catástrofes mineras, tsunamis y terremotos espeluznantes, derrames incontrolables de petróleo en el mar, sin hablar de los desgastes severos de la flora y la fauna del planeta. Y claro, la guerra de las religiones levanta su monstruoso rostro al mundo de nuevo, con Al Qaeda y el callado pero temible Bin Laden. El terrorismo en todas sus formas, inclusive abusos sexuales de mujeres, niños y hombres se convierte en negocio provechoso con la droga, el fanatismo derechista, y el comunismo despiadado. Se divide el mundo en dos: ricos y pobres. Engordan los primeros y aumentan diariamente los segundos, el desempleo, y la insatisfacción por todos los sistemas políticos y religiosos de estos últimos dos mil años.

Mientras que en Estados Unidos ocurre un hecho inédito, donde por primera vez en la historia sube al poder un presidente afro-Americano, como contraste al entusiasmo renovado, el mundo continua desequilibrándose. El despertar llamado de “primavera” en el Medio Oriente en 2011 clama por algo más que retórica democrática, al tiempo que continúan los conflictos indio-paquistaní e israelí-palestino. Con la misma intensidad que los Estados Unidos celebra el homicidio de Bin Laden, confronta de manera precaria su crisis financiera, junto a Irlanda, Grecia, Portugal, Italia, España y tantas otras economías. Los pueblos aumentan las demostraciones publicas exigiendo lo que ya no es posible. Es éste el clima bajo el cual he vivido toda mi vida.

En este momento el mundo se ha encogido; no hay donde esconderse ni refugiarse. Es una condición tanto positiva como negativa. Positiva, porque nos obliga a buscar soluciones, empeñarnos más por comprender la condición humana, y realmente comunicarnos de una vez por todas. Negativo, porque los que no pueden caen por el barranco. Para la espiritualidad representa un llamado a la acción y una validación de nuestra inteligencia, de una manera coherente y justa. Desde que yo me recuerdo, las personas “hablan” de paz.

Comparto las mismas experiencias que Janis Joplin, mi ídolo durante mis años hippie, cuando gritaba aquel agonizante dolor de la época al son de la música, igual que Vangelis que marcó el compás acelerado del corazón del momento, e igual que Jean Claude Killy que superó a todos los campeones de esquí. Todos nacieron en 1943 junto a Mick Jagger, Johnny Hallyday, Jim Morrison, y Robert de Niro. Existe una tensión, una rebeldía, una originalidad y tenacidad que persiste aún en mi generación de baby-boom post-segunda guerra mundial, nacidos para romper reglas y marcar nuevas pautas, desorganizar sistemas económicos, descubrir nuevos horizontes y estirar fronteras sin precedentes en el espacio, en la medicina y en la tecnología.

En el plano interno, necesitaríamos comprender como, una vez las puertas astrales se abrieron de par en par al final de los años treinta, conduciendo a la Segunda Guerra Mundial, la superstición y la lógica se mezclaron, culminando en la Guerra Fría, años que presagiaron las tensiones y el augusto tema del control psíquico de hoy. Estas puertas permanecen abiertas y las propias fuerzas que fueron liberadas en su tiempo ahora controlan el mundo. La aparente inofensividad de la Nueva Era llamada “espiritual” o “acuariana”, que anuncia la llegada de la Luz, contiene sombras en su núcleo. Antiguos maestros esotéricos y ocultistas renacen en este marco. ¡Si lo sabré!

Es en momentos como estos en donde la fuerza sexual se encuentra exacerbadísima. Los que maduramos en los años 60 trastornamos reglas sexuales, de género y de religión. Cada uno dentro del referencial de nuestra cultura alrededor del mundo, fue una especie de inadaptado, llevado por el ansia de expandir más allá de lo conocido. ¿Triunfamos? Nuestros hijos sufrieron una forzosa y prematura independencia, teniendo que buscárselas solos mientras, en rincones separados como resultado de más divorcios, mamá exploraba nuevas expresiones de su ser en vez de alimentarlos, y papá se obsesionaba con poder personal, con dinero, y con su esposa más joven. Desenmascaramos, pero también desgarramos el contenedor de preciosos valores, en contraste con la energía de Nikola Tesla, Camille Claudel y Beatrix Potter que morían el mismo año en que yo nacía.

La mía es una historia de la segunda mitad del siglo veinte, contada por una hija de una isla pequeñita en el Caribe que a su vez sufría el torbellino de una crisis de identidad. Lo antiguo versus lo nuevo, lo norteamericano vs. la tradición española, cristianismo vs. expresiones chamánicas… Mi propia tarea particular nunca pareció tan difícil como suena al escribirlo: unir, restaurar y renovar, enseñar y ser ejemplo.

Los vientos del karma combinados con los vientos del cambio conllevan un juego de fuerzas titánicas y alteraciones climáticas. Cerca del triángulo de las Bermudas, nací de fuerzas huracanadas y yo soy su ojo. Ninguna y todas las partes del planeta son mi hogar. Miro a las estrellas y gruño con las injusticias y el sufrimiento de la humanidad mientras me lanzo impertérrita hacia a la vejez.

Hoy, 19 de julio de 2011

Palma de Mallorca

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