El caos, eterna compañia

 

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Cada instante de cada minuto está compuesto de microsegundos de lo que aparece como un caos sin sentido.  La vida se asemeja a una serie de acontecimientos dispares misteriosa y finamente hilados sobre el telón del Infinito.  Mujer y hombre, aprendemos a manejar las corrientes de lo aparente para construir un significado que suavice la profundidad del abismo que siempre yace en el interior.

Crecemos con la convicción de que necesitamos algo para convertirnos en lo que queremos, hacer lo que apetecemos, o sencillamente ser felices.   Apenas toleramos la intensidad del vacío que se insinúa en una insondable soledad. Sabemos sin saber, que somos una mera gota en el caos del infinito… y lo negamos.

Todos pasamos por una etapa de búsqueda apasionada fuera de nosotros. En esta fase no distinguimos las necesidades corporales de las emocionales, o de aquellas de alma.  Queremos “estar junto” a algo que nos de seguridad, a algo mayor, o a alguien con quién podamos compartirlo todo. En la mujer, la resonancia emocional de esta aspiración es casi obsesiva.  Las necesidades de los hombres son un poco diferente, pero igual de imperiosas.

Implacablemente, sustentamos la esperanza de encontrar alguna cosa o tal pareja, pero una experiencia carente tras otra termina en insatisfacción.  Tratamos de trabajarlo, mejorarnos o cambiar el escenario. En las relaciones repetimos una fórmula tras otra, todas variaciones del mismo tema “la media naranja”.  Terminamos ajustándonos a un tipo de “arreglo”: un poco de comprensión, algo de sensibilidad compartida y tal vez mucha atención física.  O puede ser que haya mucho desafío intelectual, menos actividad física y cero compartir emocional.

Proyecto tras proyecto, empezamos nuevamente.  Aceptamos las proporciones ofrecidas por los medios disponibles y nos conformamos. Atiborrados con descripciones inadecuadas y justificativas, perdemos contacto con el anhelo inicial, el que incluía el alma y el que, a pesar nuestro, nos sumergía arrebatadoramente en su seno sin motivo ni razón.  El caos siempre vecino, siempre inquietante, desestabilizador y devorador, nos destroza el corazón para de nuevo recrearlo.

El caos y el vacío se confunden.

Escanear y buscar lo que sea en el exterior es una tarea extenuante.  Madurar significa aceptar lo que está ahí y abandonar el devastador susurro interior.  Nos ajustamos a menos, mucho menos de lo que soñamos.

Nada puede llenarnos.  Nadie puede mover la energía, o fortalecerla y refinarla al grado que decimos, “¡soy completo!”  Nadie más está dentro nuestro o siente ese llamado secreto e imperioso en el centro de nuestro ser.

Cuando las creaciones, inútiles artimañas, se desvanecen en olas de incesante reformulación, nos quedamos solos.  Nosotros y el ardiente vórtice que siempre espera, cual amante paciente.  El perseguidor y el perseguido se funden en una exaltada unidad y la vida adquiere sentido en un desorden pre-substancial.

Entonces…la creatividad como imán sagrado del interior, espeja lo que somos, seremos y siempre fuimos. Nuestras relaciones, como fruto divino de la integridad, emanan plenitud.  Reconocemos el Caos como la experiencia de coincidencia con el Todo en el interior.

Paciente Amante

 

Publicado originalmente 23 septiembre 2013

 

 

One thought on “El caos, eterna compañia

  1. Estela Frontini

    Zulma Reyo, para Vos y tu vórtice ardiente. GRACIAS!
    por tu sabiduría y generosidad.
    Espero un taller en Buenos Aires.
    Estela Frontini

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