El amor nunca se pierde

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El amor nunca se pierde. Cada experiencia de amor se hila con otra hasta que unidas construyen una cordillera que abriga la ternura compartida. Hacia el final de nuestra vida, el amor se revela como el camino dorado de filamentos centellantes que tejen nuestra historia.  En su centro hay una llama encendida por el inigualable fuego de una experiencia intensa que alcanzó nuestro núcleo y respiró vida en todo el resto, definiendo así el comienzo del tiempo vivido.

El amor de mi vida me rescató del sinsentido de las relaciones comunes.  Al principio fue asustador, volátil y tempestuoso, profundamente conmovedor, frágil y desafiante, juguetón y también envolvente.   Caímos en remolinos oscuros interiores y resurgimos una y otra vez en una resonancia luminosa.  Nuestro compartir definió el futuro y nos cortó del pasado.  Fue una experiencia que nunca iríamos o podríamos repetir y una que soportaría el peso – como memorias de dolor y de éxtasis – para todos los amores futuros.

Siempre queda tal impresión en la vida de una mujer completa, ya sea un padre extraordinario, un hermano amoroso, o un amigo desafiante e inspirador.  No se puede buscar, forzar o poseer.  Es importante abrirse a ella, permitirla cuando llegue, fluir con las corrientes que invariablemente nos desvían de un camino previo y también saber cuando llega el momento de soltar y continuar a solas, entera.  Ilusiones, fantasías, apegos y dependencias  nublan lo que sería un intercambio perfecto de aprendizaje entre dos personas en niveles diferentes y simultáneos, alterando internamente a cada uno de innumerables maneras y preparándolo para el mundo.

Después de veinticinco años de vernos con poca frecuencia y siempre brevemente, por ninguna razón aparente una mañana desperté “recordándonos”.  Recordando esa época de búsqueda interior en la India al final de los setenta.  Como hacía a menudo, de pies sobre mi, preguntando con su mirada, esperando e indirectamente pidiendo que le recordara de si mismo.  Siempre le hacía preguntas que no tenían respuesta y que eran demasiado complicadas para conversaciones comunes.  Fue el perfume de esas preguntas lo que invisiblemente impregnó la textura de nuestra vida juntos.

Reavivando la casi olvidada intimidad, en mi mente le pregunté:

“Después de todo lo que hemos vivido solos por nuestra cuenta y juntos… ¿qué es la Verdad?  ¿El Amor?  ¿La Vida?”

Brotaron las revelaciones, como ocurre siempre en un estado de amor. 

En ese momento vi la verdad como una progresión infinita de ventanas, revelando una dinámica siempre fluctuante, escenarios cambiantes sin que jamás se refute la premisa original.  Ni una verdad más grande que otra, reconocí el amor como el sabor que lo hace todo posible y la intimidad como aquella corriente que oscila vívidamente cuando otro nos “ve” y nuestro “Yo” queda al descubierto.

Vi como nuestras vidas se desenvolvieron muy diferente de lo que habíamos imaginado.  Aún así, la impresión indeleble de aquel compartir de hace tanto tiempo atrás, y tantos otros que seguirían, mágicamente nos otorgó la facultad de ver y comprender un cuadro mayor que el nuestro.   La vida se convirtió en un camino trazado desde las profundidades del ser y elevándose en varios puntos de una experiencia compartida, para luego retroceder una vez más y arropar las apariencias con ondas sedosas de partículas multi-coloridas.  Ahora siendo mayores, nuestras necesidades exigen una satisfacción serena y quietud, mientras nuestros corazones recuerdan momentos agonizantes con una sonrisa.

El amor es dulce y tierno, fuerte y devastador, desafiante y confirmador.  Es todo tipo de cosas.  La voracidad del fuego inicial se suaviza con el tiempo hasta convertirse en una suave columna de luz pulsante que sostiene todos nuestros amores juntos.

“Querido Hombre, contigo compartí el océano.  Contigo me sumergí dentro del abismo interior del devenir y broté renovada.  En aquellos momentos saboree la eternidad y su nombre era amor.

Lo nuestro fue una intensidad apasionada que poco tuvo que ver con la necesidad consumidora que la vistió y todo que ver con el hambre voraz de nuestras almas.  Un peligro compartido y perfeccionado, una experiencia que ahora nos conduce a la Fuente, sabiendo que hemos “vivido”.

Gracias!”

Y entonces vi el brillo en sus ojos, el que lo traiciona cuando está siendo travieso… y sentí sus manos grandes y sensibles que dulcemente cubrían las mías.  Me fundí profundamente en aquellos ojos líquidos, ahora por siempre los míos.  

One thought on “El amor nunca se pierde

  1. Manuel Roa

    AL EMPEZAR A LEER TUS PALABRAS, IMPREGNADAS DE UNA TERNURA LLENAS DEL AROMA..
    DEL SENTIR PROFUNDO…..ABRIÉNDOSE AL MISMO TIEMPO EN MÍ…..DONDE LAS LÁGRIMAS BROTABAN
    DEL CÁLIDO INTERIOR….ABRAZANDO ESE SENTIR….CON AMOR…
    GRACIAS QUERIDA…..POR ESTA VIBRACIÓN TAN HERMOSA…

    TE QUIERO

    MANUEL
    ..

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