CONÓCETE XV: Primeros Auxilios I

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PRIMEROS AUXILIOS I: Descubriendo la sensibilidad

Si nos encontramos con una puerta cerrada, buscamos la manera de abrirla. Si una tubería está bloqueada o agujereada, buscamos un plomero. En nuestras vidas, la solución es siempre externa. Cuando estamos enfermos o dolientes vamos a un médico o a algún profesional para que nos de un remedio. Siempre hay cerrajeros, fontaneros, un médico, o primeros auxilios cerca.

Transferir la forma mecánica como manejamos objetos y situaciones a la manera en que lidiamos con temas subjetivos parece natural, y sin embargo es lo más complicado que podamos hacer. El supuesto mundo “interior” se transforma en una ficción secreta, otra versión del mundo externo con una imposición de causas lineales lógica y sus esperados efectos. Abordamos la incomodidad psicológica buscando entre rutinas y mecanismos familiares con el propósito de “arreglarlo”. Forzamos la cerradura, emparchamos los agujeros, desbloqueamos, y sistemáticamente imponemos pensamiento “positivo” sobre el complejo de nuestro cuerpo-mente. Quebramos la combinación, sustituimos la tubería, y pretendemos hacer lo mismo con nuestras emociones y nuestra mente. Cubrimos o disfrazamos el dolor y aplicamos soluciones “correctas”, todo creyendo que así lo resolvemos. Pero los problemas surgen una y otra vez, aunque ya no los reconozcamos.

La psiquis no se “arregla”, se abraza. Nuestro sistema emocional debería crecer y desarrollarse al mismo tiempo que crecemos y nos desarrollamos en otras áreas. No existe un mapa o una fórmula para ello. La inteligencia sensible del corazón deberá acompañar el desarrollo intelectual y físico. Pero por supuesto, ¡no es así!

Las memorias permanecen siempre. No podemos bloquear las dolorosas o incómodas, como tampoco podemos olvidar los amores que hemos vivido. Sus impresiones perduran. Nos guste o no, vierten una sombra sobre la experiencia futura. No importa cuanto construimos sobre el terreno sagrado de nuestros sentimientos con excesos o sustitutos, sencillamente no podemos borrar los trazos subliminales. Lo que hacemos es seguir remodelando. Cuando se quiebra el fundamento, nos preguntamos porqué.

La llave para resolver la incomodidad, el sufrimiento y la infelicidad no es psicológica; está en el manejo energético de la Conciencia. Las palabras son como cosas, ocupan espacio y tiempo y nos dan la ilusión de consistencia al pintar panoramas de posibilidades fantasiosas. Las emociones son como el corazón o el útero, órganos de la Conciencia; responden a la resonancia y a la sutileza, siempre en movimiento, cediendo y adaptándose. Palabras y significados son ilusiones inútiles dentro de la cavidad infinita del espacio interior genuino. Los sentimientos pueden simularse y hasta creerse, pero no pueden ser “reparados”. Aunque sea parte del proceso, la solución no está en reorganizar nuestro pensamientos y buscar las causas. La mente pensante solo sabe crear y destruir, concebir y recordar. No sabe como manejar el flujo y reflujo de las mareas ondulantes que obedecen a una ley mayor.

¿Entonces como vamos a tratar las impresiones de vida dentro nuestro que son invisibles, incognoscibles, infinitas y eternas? Algunas tan siquiera son nuestras, pertenecen a nuestros antepasados, a nuestro grupo y comunidad, a nuestras condiciones actuales. ¿Cómo sanaremos las heridas del corazón y del vientre?

Nuestra vida adquiere forma acorde al nivel de integración o coherencia entre nuestros sentimientos y la mente. De igual modo que sentimos que somos, así la vida lo espejará. Las personas y las circunstancias responden de igual manera. Y así nos quedamos. en un efecto boomerang de nuestra propia programación, cambiando etiquetas sin ir a fondo.

La llave es invisible e intangible, y reside dentro nuestro. Por eso es tan difícil, porque nos creemos entidades físicas cuando de verdad somos un campo de fuerza, una presencia que vive dentro del tiempo y espacio variables. No hemos decodificado lo que realmente somos. Nuestra identidad ha sido cuidadosamente construida por un proceso de razonamiento exigente que desyerba todo lo que no puede explicar. Pero la voluntad no puede borrar los trazos de un corazón herido, o las melodías de la añoranza; solo endurece las arterias que circulan vida.

En vez de “¿quién soy?” la primera pregunta que deberíamos hacer es “¿qué soy yo?” En lugar de acumular información y trivialidades, el primer tema al cual deberían dirigirse los padres y educadores es la sensibilidad del sentimiento.

Después de tantas décadas de enseñanza, descubro una y otra vez que las personas no saben “sentir”. Sentimos otras cosas, cosas allá fuera. Sentimos la temperatura, o la ira que emerge. A lo sumo podríamos sentir el cuerpo sintiéndose a si mismo y al ambiente, pero no sabemos como sentir sin un objetivo. No sabemos como sentirnos sintiéndonos.

Esto presenta un obstáculo monumental. Como sociedad, nos obliga a permanecer en el mundo de cosas y causas, y construir identidades. No nos guía o apoya en el momento que nos adentramos en sensaciones de incertidumbre e intangibilidad que surgen en terreno desconocido dentro de nosotros mismos. No nos da un precedente o nos enseña como disfrutar de un estado de pura Conciencia. De hecho, en un mundo como el nuestro la Conciencia parece ser una cosa mística cuya única función es inyectar inteligencia al mundo físico. La materia continua a reinar suprema.

Como logro, una persona puede aprender a meditar, lo que muchas veces es una forma de anestesia o sueño, un alivio del estrés de la vida diaria. Porque tan pocas personas saben lo que es, no se promueve la concienciación genuina. El estado de ser en donde nos fundimos con los ritmos y movimientos de la vida no es tan difícil, como aparece cuando estamos entrenados a mantener un sentido del tiempo y del espacio, bajo el simulacro de vivir. De hecho, el Ser es vasto, entero y profundamente gratificante. Te deshace y te rehace, desmoronando las paredes de edificios que hemos construido esmeradamente durante toda una vida para definirnos y adquirir significado e importancia. Nos conduce al descubrimiento de que nuestra Presencia es todo lo que requerimos.

La sensibilidad del sentimiento debe desarrollarse más allá del mero estado de creencias del condicionamiento social basado en el reflejo de los otros. En vez de ser reconocida y preciada por la capacidad de discriminar y percibir, la mente impone su propia marca de control sobre el sentimiento. No existe cosmético, cirugía estética, cambio de género, o condición en el mundo que nos haga creer que somos bellos si no lo sentimos. Porque el verdadero sentir, como el Ser, se sabe. El hecho de sentir nuestro Yo más profundo es saberse bello, bueno y valioso. En este espacio interior no hay competencia ni objetivo, no hay lugar para corolarios o añadidos. En vez de vacío y dependientes de un adjetivo para describirnos, somos la propia plenitud.

(continuado)

 

 

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