AUTENTICIDAD DUDOSA

AUTENTICIDAD DUDOSA

La angustiosa sensación de inseguridad y estimulación exagerada que prevalece en nuestro tiempo produce una autenticidad débil y muy cuestionable. A decir verdad, la mayoría de la gente está demasiado ocupada defendiendo sus creencias como para conectarse con una auto convicción genuina. Detrás de esta condición lamentable, nos acurrucamos en una fantasía mítica de privacidad y autonomía.

Nos influencia enormemente lo que otra persona ve en nosotros, estemos de acuerdo o no. Somos espejos el uno del otro, destinados a responder a los reflejos en lugar de a la estabilidad interior, la integridad o la convicción.

Puede parecer que podemos guardarnos nuestros pensamientos y enmascarar los sentimientos. Sin embargo, la ira, la tristeza, la excitación, la inspiración o la pesadez de la indiferencia colorean la atmósfera que nos rodea en todo momento. No se trata de algo personal. Los seres humanos constantemente emiten campos de energía y fuerzas que están en perpetuo movimiento e infiltran nuestra sensible estructura física, flotando y mezclándose con superficies muy parecidas a motas de polvo en el aire. Los pensamientos y sentimientos moldean nuestra experiencia de la realidad y hay poca diferencia si son expresiones externas o si responden a nuestra realidad interior. También cargamos con un arsenal de creencias y experiencias pasadas, como formas de pensamiento, que nos rodean a niveles sutiles. Ejercemos un efecto sobre los demás en múltiples niveles y es extremadamente difícil saber donde comienza o dónde termina.

Creemos que somos inexpugnables, sin considerar que el cuerpo-mente refleja el estado de las personas con las que estamos, los lugares en los que nos encontramos e incluso el clima. Un mecanismo de proyección de energía subyace en la relación y la comunicación en niveles muy básicos. De forma imperceptible, puede crecer hasta que ya no nos basamos en nuestra propia experiencia. Además, no somos conscientes de cómo también estamos etiquetando e influenciando a otros. Es como una programación sobre lo que ya está programado, condicionamiento sobre condicionamiento. Todo en movimiento perpetuo.

La manera en que nos criamos da forma a nuestras respuestas. Superpuesta por cada contacto y experiencia que tenemos, se forman impresiones indelebles que actúan como imperativos hasta que lleguemos a ser conscientes y lo suficientemente fuertes como para resistir, vivir y discernir lo que es auténtico.

Y, ¿qué es la «autenticidad»? Ciertamente, no es un expresarse indulgentemente. La autenticidad genuina está coloreada por otra cosa: la sensibilidad sensorial consciente. Ser auténtico no es solo hacer lo que sentimos o imponer un aspecto santurrón nuestro. Ni rebelde ni obediente, responde a una postura verdaderamente presente que refleja el entorno y a los demás, el momento y nuestros ideales en plena coherencia con la experiencia interior directa e inmaculada que tenemos de nosotros mismos.

Aquí es donde entra la dificultad. Ser nosotros mismos en el mundo está subliminal e invariablemente vinculado a las referencias de los demás. En la adolescencia, por ejemplo, pasamos de una identidad a otra desesperadamente probando posiciones hasta que encontramos lo que nos gusta o se adapta a nuestros propósitos. Independientemente de lo que hagamos o no, siempre refleja y afecta a los demás, complicando aún más el tema.

¿Cómo sabemos cuando las mismas fuerzas a las que respondemos no nos están moldeando? ¿Cómo sabemos que lo que aceptamos como genuino no es creencia? ¿Cómo sabemos que no estamos distorsionando nuestra percepción con nuestras propias expectativas? La mayoría de las veces estamos tan involucrados cosechando efectos que no miramos más hondo.

Los espejos de los demás construyen un laberinto de posibilidades.

Es más fácil aferrarse a las primeras impresiones y aceptarlas como verdaderas. Si somos inteligentes, reconocemos la existencia de filtros selectivos y una programación colectiva, pero incluso este reconocimiento se convierte en una opinión, que sustentamos, para mantener nuestra propia conveniencia. El problema se agrava ya que tenemos opiniones sobre todo. La presión ejercida a través de los comentarios internos es tan fuerte que distorsiona todo.

Constantemente hacemos ruido y emitimos efectos. La presencia física de una persona, un nombre o simplemente un recuerdo es suficiente para trastornar nuestra percepción del presente. Lo que pensamos de alguien, o viceversa, constituye sin embargo una de las formas más comunes y letales de intromisión. ¿Recuerdas cómo te sientes cuando te enfrentas con alguien que conoce tus profundos y oscuros secretos? Una persona culpable lleva la culpa escrita por todas partes. La sentimos en lugar de «verla». ¿Será culpable o lo proyectamos y, por lo tanto, la persona parece culpable?

Cuando te portas mal, ¿no sientes cómo tu rostro se vuelve desproporcionadamente grande? Apenas podemos ocultar nuestros pensamientos y sentimientos. La gente acarrea el recuerdo de la transgresión; es similar a una sustancia y se siente fácilmente, ya sea propia o de otro.

La respuesta emocional es virtualmente imposible en una realidad que contrarresta influencias constantemente. Es como tratar de vivir sin respirar. Y, las afirmaciones positivas solo sirven para engañarnos, agregando barniz a elementos ya camuflados. El silencio y la espontaneidad son mutuamente excluyentes.

No notamos cómo responde una persona a nuestras expectativas, ni cuestionamos los impulsos de auto conservación que nos llevan a ignorar a los demás. Sin embargo, cuando resulta obvio que alguien no nos quiere, nos sentimos incómodos, irritados, tristes, deprimidos o una mezcla de todo lo anterior. Incluso agresores empedernidos o intelectuales impermeables se marchitan ante la calidad de la opinión de los demás.

Es realmente muy complicado. Todo influye en nuestras reacciones, una reunión fugaz, una llamada telefónica, un imperativo social tentador, una lista de cosas para hacer, o un hábito de egocentrismo incrustado. Lamentablemente, la mayoría de las personas haría cualquier cosa para no sentir y asumir el peso de ser completo y responsable de su propia vida y la de los demás.

El resultado es el estado actual de las cosas. La insensibilidad bloquea los estímulos superficiales y amortigua la sensibilidad con píldoras, somníferos, antidepresivos, avances tecnológicos y estimulantes artificiales. Controlar, retrasar, desviar o evitar: cualquier cosa es mejor que la dolorosa vulnerabilidad de la concienciación. La autenticidad no es agradable ni para el sujeto ni para el objeto; requiere coraje. Además, la receptividad también funciona de manera inversa; ejercemos el mismo efecto sobre otros lo que a su vez se refleja en nosotros. ¿Podemos aceptar la autenticidad de otro?

La autenticidad tiene poco que ver con lo que hacemos, pensamos o sentimos, llamando la atención sobre nosotros mismos o retirándonos de las relaciones sociales. Reflejando una filosofía de vida en lugar de un estado de Ser, la llamada autenticidad revela dónde se encuentra el enfoque personal como prioridades e intenciones. Lo que pasa por autenticidad está sujeto a la presión de los colegas y las calificaciones de aprobación, lo que es un reflejo de creencias precarias sustentadas mentalmente.

Ser genuinamente auténtico implicaría manifestar el vacío que yace en el núcleo de nuestro Ser interior. ¿Cómo puede uno expresar la nada que contiene Todo? En lugar de tratar de ser auténtico, se debe hacer un esfuerzo por abstenerse de la inautenticidad. Esto significa una conciencia evocada por una auto-indagación constante, lo que es intolerable para la mayoría. Acostumbrada a profundidades y picos de excitación y a una actuación igualmente intensa, la mente moderna lo encuentra demasiado aburrido, prefiere teorizar, indignarse, actuarlo simbólicamente o fantasear ser un individuo original.

La energía invariablemente busca formas de adaptarse y fusionarse con la fuerza circundante. Como cualquier cosa real, la autenticidad no se puede «hacer»; surge de una sensibilidad, plenitud y autonomía más profundas. Esto requiere la capacidad de saber y estar plenamente presente en medio de la vida diaria. A menos que nos mantengamos firmes y conscientes, seremos víctimas indefensas del procedimiento.

No pretendamos que somos auténticos a menos que vivamos en estrecha relación con nuestro yo interior. Lo curioso es que en este estado de ser, la cuestión de autenticidad tan siquiera surge. Al igual que la Conciencia, la autenticidad representa el máximo de sensibilidad e inteligencia. No tiene que ser nada en particular.

Véase los manuales de estudio (formato e.book o pdf): “Foco Personal de la Conciencia” y «Percepción».

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